—No pasa nada —soltó Noah con una rapidez que delataba sus nervios mientras Mariana se acercaba a ambos con paso decidido.
La pelirroja los recorrió con una mirada afilada, deteniéndose especialmente en la postura defensiva de Emma. No era tonta y el ambiente en el jardín se sentía lo suficientemente pesado como para encender todas sus alarmas.
—Creí ver que estaban discutiendo desde la entrada —dijo Mariana, entornando los ojos y observando los detenidamente.
—Viste mal —respondió Emma de inmediato, sosteniéndole la mirada con una frialdad que no le conocían.
Aunque a Emma le habría encantado ver la cara de Mariana enterándose de que Noah era un cínico que sostenía una relación con ambas al mismo tiempo, sabía que no era el momento. Si la verdad salía a la luz ahora, Mariana armaría un escándalo monumental que llegaría a oídos de Robert, y Emma terminaría siendo señalada como una arribista que solo buscaba la fortuna de los Campbell a través de cualquier hombre de la familia. No iba a darle ese gusto.
Noah, tratando de desviar el tema de conversación, miró las manos de su mujer.
—¿Qué compraste? —preguntó, notando con extrañeza que Mariana no llevaba ninguna bolsa, algo inusual en ella, que jamás volvía con las manos vacías de sus recorridos por las tiendas de lujo.
Mariana se prendió del brazo de Noah con un dramatismo exasperante, dejando caer la cabeza sobre su hombro mientras soltaba un suspiro lastimero.
—Me sentí mal, Noah. Las náuseas no pararon en todo el trayecto y preferí regresar antes de terminar desmayada en algún probador —se quejó con voz suave—. Necesito entrar y recostarme un poco.
Emma los vio caminar hacia el interior de la casa, maldiciéndolos en sus adentros por la hipocresía que desbordaban. Ella también entró poco después, pasando junto a ellos sin dedicarles una sola palabra y subiendo las escaleras para refugiarse en su habitación. Noah recibió una llamada de negocios justo en el vestíbulo y le avisó a Mariana que debía irse de inmediato a la empresa. Le dio un beso rápido en los labios y salió de la mansión, dejando a Mariana sola con su mal humor.
Mariana se dirigió a la cocina en busca de un vaso con agua y se encontró de frente con Angélica. La madre de Emma estaba picando fruta con cuidado; el médico había sido muy claro al mencionar que Emma debía recuperar peso y alimentarse bien para garantizar que la bebé estuviera fuerte. Como una abuela que velaba por la herencia de su nieta, sobre todo, Angélica se había dado a la tarea de prepararle algo nutritivo. Mariana se portó con un desdén absoluto, ignorando la presencia de la madre de Emma como si fuera parte del mobiliario. No se dirigió a ella, pero sí alzó la voz para hablarle a una de las sirvientas que limpiaba la encimera.

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