Benedict llegó de la empresa con el rostro endurecido por las reuniones, pero su expresión se suavizó apenas cruzó el umbral de la habitación. No vio a nadie en la cama, así que soltó un suspiro impaciente mientras dejaba su chaqueta sobre un sillón.
—¿Em? —llamó con voz profunda.
—Estoy en la terraza —respondió ella desde el exterior, sintiendo que su corazón se aceleraba al escucharlo. Le pasaba últimamente. Ver los ojos grises de ese hombre le regresaba el aliento de la misma forma que se lo arrebataba luego.
Benedict caminó hacia los ventanales y la encontró allí, cubierta con una pequeña manta que la protegía del sereno. Emma se veía relajada, con el cabello suelto meciéndose suavemente con el viento del atardecer. Él comenzó a quitarse la corbata despacio, sin apartar los ojos de ella, admirando la estampa casi angelical que proyectaba en ese sofá grande y cómodo.
—¿Cómo te sentiste hoy? —preguntó Benedict mientras dejaba la corbata en su lugar con movimientos precisos.
—Bien, aunque me aburrí un poco de estar encerrada —confesó Emma, ajustándose la manta.
—Cuando estés mejor podrás salir nuevamente, no seas impaciente —respondió él, pero al verla fijamente se dio cuenta de que algo no encajaba. Emma era transparente, y aunque no tenían mucho tiempo montando aquella garza, la conocía lo suficiente para notar que su mirada esquiva ocultaba una inquietud—. Te ves extraña. ¿Qué pasa?
Emma suspiró, recordando que habían quedado en hablar con la verdad y contarse todo lo que ocurriera en esa casa.
—Noah sospechó de mi embarazo. Fue a buscarme al jardín para indagar si el bebé es suyo —soltó ella de golpe.
El semblante de Benedict cambió al instante; sus facciones se tensaron y una sombra de furia cruzó sus ojos grises. La mandíbula se le apretó tanto que un pequeño músculo saltó en su mejilla.
—¿Qué más ocurrió? ¿Qué le dijiste? —cuestionó Benedict con una voz que vibraba de molestia.
—Lo negué todo. Le aclaré que este bebé es tuyo, que no hay ninguna duda —explicó Emma, tratando de calmar la tormenta que veía formarse en él.
—¿Te creyó? —preguntó Benedict, dando un paso hacia ella. Molesto solo por la idea de que Noah la hubiese tenido cerca.
—Eso parece. Se quedó sin palabras —dijo Emma.
—Me estoy cansando de Noah —soltó Benedict con un tono gélido—. Detesto que aproveche cualquier momento a solas para acercarse a ti. Me hierve la sangre solo de imaginarlo merodeando como un perro hambriento. No lo quiero cerca de ti, Emma. Es la última vez que tolero que se atreva a dirigirte la palabra. La próxima vez no me quedaré tan tranquilo viendo cómo intenta reclamar algo que ya no le pertenece.

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