El atardecer de la terraza comenzaba a devorar los últimos restos de luz, envolviendo a la pareja en una atmósfera de sensualidad y pecado que hacía que la piel de Emma vibrara de una forma desconocida. Ella se sentía sexy, poderosa bajo el escrutinio de esos ojos grises que la desnudaban mucho antes de que sus manos lo hicieran. Benedict no perdió el tiempo; sus dedos, largos y seguros, se deslizaron por los hombros de Emma para bajar los tirantes de su vestido con una lentitud que la torturaba. Cuando la tela cayó, dejando sus pechos al descubierto en el aire fresco, él soltó un suspiro pesado. Los observó con una fascinación nueva, notando que se sentían ligeramente más llenos, más pesados por el embarazo, y eso le encantó. No era que los deseara más grandes por estética, sino porque su mente oscura ya imaginaba el momento en que podría beber de ellos cual becerro, reclamando el sustento de su descendencia directamente de la mujer que deseaba someter. Se inclinó para besar la piel sensible, dejando un rastro de humedad que hizo que Emma arqueara la espalda, buscando más de ese contacto que la hacía olvidar cualquier rastro de prudencia médica.
Emma, envalentonada por la urgencia que sentía vibrar en el cuerpo de Benedict, deslizó su mano hacia abajo para liberar la erección que tensaba el pantalón de él. El tamaño y el calor de su verga la sorprendieron como siempre, pero esta vez fue osada. Se mojó la mano con un poco de saliva para que la piel resbalara mejor y comenzó a acariciarlo con un ritmo pausado, subiendo y bajando mientras mantenía la mirada fija en los ojos de Benedict. Ver cómo las pupilas de él se dilataban ante su toque le dio una confianza eléctrica.
—Podrían vernos —susurró Emma con la respiración agitada, sintiendo cómo Benedict deslizaba dos dedos en su entrada.
Estaba empapada, demasiado mojada por el deseo acumulado de todo el día y la adrenalina de la discusión con Noah. La sensación de sus dedos moviéndose con destreza en su interior la hacía perder el hilo de sus propios pensamientos.
—Serás mi esposa, Em Es normal que follemos todo el tiempo y en cualquier lugar de esta casa —respondió Benedict con un descaro absoluto.
Era soberbio, oscuro y poseía una arrogancia que en cualquier otro hombre le habría resultado repulsiva, pero en él la encendía de una manera irracional.
Benedict se desabrochó por completo la camisa, lanzándola a un lado sin dejar de mirarla, y se sentó en el sofá de la terraza. Con fuerza la tomó por la cintura y la subió a su regazo con cuidado, asegurándose de que ella no hiciera ningún esfuerzo físico que pusiera en riesgo su salud, no quería ser el responsable de otra vuelta al médico, pero si sería el responsable de sus orgasmos posteriores. La elevó lo suficiente para colocar su glande justo en la entrada de su sexo, rozándola antes de deslizarse en su interior. Lo hizo lento, permitiendo que ella sintiera cada centímetro de su grosor, pero no fue gentil en absoluto. La sujetó de la cadera con firmeza y se hundió hasta el fondo en un solo movimiento que le arrancó a Emma un gemido ronco.
Benedict le apretó las nalgas con fuerza, marcando su territorio mientras comenzaba a mecer sus caderas con un ritmo hipnótico. Emma sabía que no podía esforzarse por orden del médico, pero él estaba más que dispuesto a hacer todo el trabajo por ella. La embistió con una determinación que la dejaba sin aliento, elevando sus pechos para saborear un pezón con una intensidad que la hacía temblar, para luego darle la misma atención al otro. El vestido de Emma era un desastre amontonado en su cintura, una mancha de tela que estorbaba la visión de sus cuerpos unidos. Ella lo miró con los ojos empañados por el placer, dándose cuenta de que aquel hombre le había mentido descaradamente.

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