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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 55

La semana transcurrió bajo una vigilancia que a veces se volvía asfixiante dentro de la mansión Campbell. Angélica se había tomado su papel de madre protectora con una intensidad exagerada, moviéndose por la casa como una sombra que no permitía que Emma diera un solo paso sin su supervisión. No dejaba que las empleadas tocaran nada que fuera a consumir su hija; ella misma lavaba las frutas, probaba la temperatura de la sopa y se aseguraba de que Emma estuviera rodeada de almohadones cada vez que decidía sentarse en la estancia. Era una dedicación que a ratos agobiaba a Emma, pero que servía como un escudo infranqueable contra cualquier intención externa. Mientras tanto, en los comedores y pasillos, Robert y Catalina intercambiaban miradas cargadas de un pasado que se negaba a morir. Eran silencios significativos, gestos sutiles donde Robert observaba cómo la mujer que amó en secreto seguía conservando esa elegancia humilde que lo atrapaba. Era evidente que entre ellos el tiempo solo había sido un espectador de un afecto que comenzaba a florecer de nuevo entre los grandes muros de la mansión.

​Mientras que para Benedict, la convivencia constante con Emma se había vuelto una tortura deliciosa. El deseo que ella despertaba en él crecía con cada día que pasaba, una necesidad física de tenerla cerca que se mezclaba con unos celos que comenzaba a desconocer en sí mismo. Benedict jamás había sido un hombre celoso; siempre se sintió por encima de esas inseguridades, pero ahora, cada vez que Noah estaba cerca de Emma, sentía que la sangre se le calentaba de una forma peligrosa. Durante las comidas, cuando Noah se atrevía a dirigirle la palabra a Emma o simplemente a observarla con ese rastro de nostalgia y posesión, Benedict apretaba los cubiertos con una fuerza que le ayudaba a canalizar las ganas que tenía de golpearlo. Le fastidiaba sentirse así, le irritaba que su sobrino tuviera el poder de alterar su control, pero la necesidad de marcar a Emma como suya, de reclamar cada espacio de su piel frente a los ojos de Noah, se volvía una obsesión que apenas lograba contener bajo su perfecta imagen fría.

...

​Al cumplirse dos semanas más, Benedict llevó a Emma a su cita de control. Emma miraba la pantalla con el corazón en un hilo mientras el especialista deslizaba el transductor sobre su vientre de trece semanas.

​—La bebé está perfecta, Emma. Está sana, tiene un ritmo cardíaco fuerte y su desarrollo es el ideal para las semanas que llevas —dijo el médico con una sonrisa profesional.

​Emma soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo, y Benedict, que permanecía de pie junto a ella, sintió una oleada de orgullo que le infló el pecho. Ver esa pequeña mancha en la pantalla y saber que era su descendencia, aunque no tuviera directamente su sangre, le dio una satisfacción que superaba cualquier negocio millonario que hubiera cerrado antes.

​Cuando llegaron a la mansión, Robert los esperaba en el vestíbulo, ansioso por noticias. Benedict no perdió el tiempo y, con una voz que destilaba suficiencia, le contó a su padre los resultados del ultrasonido. Noah, que venía bajando las escaleras, se detuvo en seco al escuchar el sexo del bebé.

​—Todo salió bien, papá. Cómo ya sabíamos, hoy reafirmamos que es una niña y está completamente sana —anunció Benedict, notando de reojo cómo Noah se tensaba.

​—Así que tendrás una niña, tío —soltó Noah con una voz que intentaba sonar neutral, pero que escondía un sentimiento de rabia.

​Noah debería sentirse orgulloso o al menos aliviado de que así fuera, porque en la retorcida lógica de la herencia Campbell, una niña significaba que Benedict tenía una desventaja competitiva frente a un posible varón. Sin embargo, no sentía ningún alivio. Al contrario, se imaginó a una bebé que heredara la belleza de Emma, esos ojos azules y esa piel de porcelana, y la idea de que esa criatura fuera fruto de Benedict le causó un enojo tan grande que sintió ganas de golpear la pared.

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