Emma eligió un vestido negro corto, de una tela que se amoldaba perfectamente a sus curvas con una elegancia peligrosa, y calzó unos zapatos de tacón bajo para no arriesgar su estabilidad. Cuando bajó las escaleras, Benedict ya la esperaba al pie de los escalones. La recorrió con la mirada de arriba abajo con ese descaro que lo caracterizaba, deteniéndose un segundo de más en el dobladillo del vestido que dejaba al descubierto sus piernas. Sin decir una palabra, la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que enviaba descargas eléctricas por todo el brazo de Emma, y la guio hacia la salida. En la entrada principal aguardaba una camioneta negra blindada con el motor en marcha. Benedict no se sentó tras el volante; abrió la puerta trasera para ella y luego se acomodó a su lado, indicándole al chófer que partieran. Tenía pensado tomar un par de tragos y no quería que nada interrumpiera su atención en la mujer que tenía al lado.
—Te ves increíble, Em. Ese vestido me hace tener una curiosidad insoportable por saber qué hay debajo —dijo Benedict mientras el auto se incorporaba al tráfico nocturno, su voz era un susurro ronco que llenó el espacio.
Emma sintió un calor repentino subirle por las mejillas, pero no apartó la mirada. Le sostuvo el brillo gris de los ojos con una sonrisa pequeña y desafiante.
—Tendrás que esperar un poco para saberlo, ¿no crees? —respondió, disfrutando del destello de anticipación que cruzó el rostro de su prometido.
Benedict sonrió de vuelta, mostrando una expresión que parecía ser una promesa oscura, y guardó silencio mientras llegaban al club privado. El lugar era exclusivo, con una iluminación tenue y una música de jazz suave que permitía hablar sin tener que elevar la voz. El ambiente era animado pero sofisticado, el tipo de sitio donde los hombres como él cerraban tratos que cambiaban el rumbo de los mercados. Dos socios ya los esperaban en una mesa apartada, rodeados de sillones de cuero y botellas de licor costoso. Benedict avanzó con Emma del brazo, moviéndose con la autoridad natural que dejaba saber que era un hombre poderoso.
—Señores, les presento a Emma, mi prometida y la futura madre de mi hija —dijo Benedict al llegar, la presentación hizo que Emma tuviera que morder el interior de su mejilla para no flaquear.
Escuchar a un hombre como él, tan frío y calculador, externar de forma tan abierta y orgullosa que iba a ser padre resultó ser algo profundamente afrodisíaco. Emma mantuvo la compostura, saludando con la educación y la elegancia que había pulido durante sus pocos años como asistente. Sabía perfectamente cómo comportarse en esas reuniones; no era la primera vez que asistía a un evento de alto nivel, solo que en esta ocasión no cargaba con una tableta para tomar notas ni repartía documentos para los presentes. Esta vez iba como la futura esposa del Director General de Industrias Campbell, y la forma en que los socios la miraban con respeto le confirmó que Benedict le estaba dando un lugar que nadie más le había ofrecido.
La tensión entre ambos era casi insoportable. Emma se sentía excitada, con la piel sensible y el pulso acelerado por la forma en que Benedict la había presumido toda la noche. Podía sentir que él estaba igual, o peor; el bulto duro que se marcaba entre sus piernas era más que evidente bajo la luz de las farolas que pasaban rápidamente por la ventana. Cuando la camioneta entró en un tramo de la carretera vacío y oscuro, Benedict se inclinó hacia adelante.
—Deténgase aquí y váyase. Camine hasta la gasolinera que pasamos hace un kilómetro —indicó Benedict al chófer con un tono imponente y demandante que no permitía objeciones.
El hombre asintió en silencio, detuvo el vehículo y bajó de inmediato, perdiéndose en la oscuridad. Benedict no dijo nada más. Simplemente tomó a Emma de la cintura y la montó en su regazo con un movimiento brusco y decidido. Haber descubierto que ella no solo era una cara bonita, sino una mujer brillante e inteligente, le había despertado un nuevo deseo, uno más voraz y urgente. La besó con desesperación, metiendo la lengua en su boca con una necesidad que Emma correspondió de inmediato, importándole poco que estuvieran en un auto en mitad de la nada o que el chófer supiera perfectamente lo que iba a suceder ahí dentro. Benedict era así, impredecible, descarado y oscuro, y en ese momento, Emma quería mucho más de lo que ese hombre estaba dispuesto a darle.

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