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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 59

Benedict no esperó a que el chófer terminara de alejarse en la oscuridad de la carretera. En cuanto la puerta se cerró y el silencio del solitario lugar rodeó la camioneta, sus manos grandes y expertas subieron por los muslos de Emma, amontonando la tela negra del vestido en su cintura.

—Encaje... —susurró con una sonrisa ladina, cuando la tela de sus bragas apareció ante su vista, una barrera delgada que Benedict comenzó a palpar con una urgencia evidente. Sus dedos rozaron el centro de su sexo, encontrando una humedad que ya había traspasado la tela, y comenzó a frotar con un ritmo constante que hizo que Emma separara los labios, soltando un suspiro que se perdió contra el cuello de él. El aroma de su colonia mezclado con el rastro del licor que había bebido en el club creaba una atmósfera embriagadora. Emma, entregada por completo a la intensidad del momento, bajó la mano para liberar la polla de Benedict de su pantalón. La erección surgió imponente, caliente y con una firmeza a la que ella jamás podría acostumbrarse del todo debido a su tamaño, pero que la fascinaba de una manera irracional. Humedeció sus dedos con un poco de saliva y comenzó a frotar de arriba abajo, sintiendo cómo el glande de él pulsaba bajo su toque.

​Benedict soltó un gruñido bajo y ronco, moviendo la tela de las bragas hacia un lado para meter dos de sus dedos en el interior de Emma.

Estaba tan sensible que cada movimiento se sentía como una descarga eléctrica recorriéndole la columna.

La follo con ellos de manera rítmica y profunda, buscando el punto exacto que la hacía arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros. Emma sentía que el mundo desaparecía fuera de los cristales tintados de la camioneta; solo existía la fricción, el calor y la forma en que Benedict la dominaba en ese espacio reducido. No tardó mucho en alcanzar su orgasmo, su cuerpo temblando violentamente mientras se aferraba al pecho de él. Benedict aprovechó que ella estaba sensible y con los músculos aún contraídos para levantarla un poco por la cadera y hundirse en ella de un solo golpe. El choque de sus cuerpos resonó en el vehículo, fue un encuentro carnal que la dejó sin aliento. Emma jamás había hecho algo así, tan descarado y arriesgado, pero la naturaleza sexual y vigorosa de Benedict la arrastraba a una zona donde la prudencia no existía. Las hormonas del embarazo parecían amplificar cada sensación, convirtiendo el roce de su piel en algo electrizante.

​Él le bajó los delicados tirantes con sensualidad, liberando sus pechos para morder y chupar cada pezón con una intensidad que la hacía gemir su nombre una y otra vez.

Probó el licor de sus labios que parecía embriagarla cada vez que sus lenguas se encontraban.

Mientras el gris de los ojos de Benedict se veía tormentoso bajo la luz tenue de la cabina, reflejando una necesidad que iba mucho más allá del simple alivio físico. La tomó con fuerza de la cadera, sus dedos hundiéndose en su carne mientras la embestía con un ritmo cada vez más rápido y errático, ignorando cualquier rastro de suavidad. El sonido de sus cuerpos chocando y la respiración entrecortada de ambos llenaban el auto, creando una burbuja de pecado en medio de la carretera desierta.

​—Quiero llenarte de mí. Quiero que cada rincón de ti sepa que eres mía —susurró Benedict contra su oído, su voz vibrando con una autoridad que la hacía vibrar por dentro.

​Emma le sonrió con los labios hinchados por los besos, sintiéndose más viva y deseada de lo que nunca se sintió en la vida. La diferencia con esos encuentros y los que tuvo con Noah, era abismal; Benedict la tomaba como si ella fuera el premio más valioso y, al mismo tiempo, su subordinada más leal.

Joder, por momentos se sentía una sumisa. Impaciente por escucharlo exigirle el siguiente movimiento.

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