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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 60

Benedict no le dio tiempo a recuperar el aliento ni a procesar la noticia de la boda. La segunda ronda comenzó con una ferocidad que dejó claro que su deseo por ella era un pozo sin fondo. La tomó por la nuca, hundiendo sus dedos en su cabello rubio para obligarla a mirarlo a los ojos mientras la besaba con una desesperación que sabía a urgencia y a licor. Emma correspondió con la misma fuerza, sus manos recorriendo la espalda de Benedict, clavando las uñas en su piel a través de la fina tela de su camisa. El interior del auto se convirtió de nuevo en un campo de batalla de sensaciones; él le quitó las bragas de encaje con un movimiento rápido y, tras observarlas un segundo con una sonrisa cínica, las guardó en el bolsillo de su chaqueta como un trofeo de guerra. La volvió a montar en su regazo, pero esta vez la embistió con una lentitud tortuosa que la hacía temblar de pies a cabeza, buscando que cada centímetro de su verga se grabara en el interior de ella. Las marcas no tardaron en aparecer; Benedict dejó rastros rojizos en su cuello y hombros, mientras ella le dejaba arañazos en el pecho que él luciría con orgullo bajo su ropa de diseñador. Los orgasmos los golpearon de forma simultánea, una explosión de placer que los dejó exhaustos y empapados de sudor en la penumbra del vehículo.

​Cuando el silencio regresó y el pulso de ambos comenzó a normalizarse, Emma se acomodó el vestido negro con manos temblorosas, tratando de recuperar una compostura que Benedict le había arrebatado por completo. Él se abrochó el pantalón, y tomó el volante para conducir él mismo el último tramo hacia la mansión. Emma miraba por la ventana, sintiendo todavía el calor de Benedict en su piel y el peso de su mirada sobre ella.

​—Me da muchísima pena con el chófer, Benedict. Claramente sabe lo que estuvimos haciendo ahí atrás —murmuró Emma, sintiendo que el rostro le ardía de vergüenza.

​—No te veías tan apenada mientras tenías mi verga adentro, Em. No te preocupes por él, sabe para quién trabaja —respondió Benedict con un descaro absoluto, deteniendo el auto un momento antes de entrar a la propiedad para atraerla hacia él y darle un beso corto pero posesivo que le impidió decir nada más.

​A la mañana siguiente, el comedor de la mansión Campbell se sentía como una olla a presión. Benedict esperó a que todos estuvieran sentados frente a su desayuno para soltar la bomba con esa frialdad que tanto irritaba a Noah.

​—Emma y yo nos casamos el próximo sábado. No hay razón para seguir esperando —anunció Benedict, cortando su fruta con una parsimonia que solo él poseía.

​Angélica soltó un grito ahogado de alegría, dejando caer su servilleta sobre la mesa. Su rostro se iluminó con una emoción exagerada; ver a su hija finalmente asegurada en el núcleo del poder Campbell era su mayor sueño cumplido. Robert, por su parte, dejó de leer su periódico y miró fijamente a Emma.

​—¿Estás segura de esto, Emma? Lo único que me importa es que tú estés bien y que la bebé no corra riesgos con tanto ajetreo —preguntó Robert con una preocupación genuina que Catalina compartió con una sonrisa cálida.

​—Me siento muy bien, señor Campbell. Estoy segura y realmente quiero casarme con Benedict —confirmó Emma, sintiendo la mano de su prometido apretar la suya bajo la mesa en un gesto de apoyo.

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