Emma se hundió en la inmensidad de la cama, sintiendo que las sábanas de seda la devoraban. El aroma de Benedict —una mezcla de madera y un perfume costoso, masculino y frío— estaba impregnado en la almohada y en la playera que llevaba puesta. Era un olor dominante que la hacía sentirse extraña, pero fue el silencio absoluto del apartamento lo que finalmente la quebró. Se abrazó a sí misma, encogiéndose en posición fetal mientras los sollozos empezaban a sacudir su cuerpo. No era solo el miedo al futuro o la soledad; era la herida abierta de la traición lo que supuraba con fuerza.
En la oscuridad, su mente la traicionó evocando una imagen de Noah. Recordó una noche en su apartamento, la forma en que él la desvestía con urgencia sobre el sofá, asegurándole que ella era lo único real en su vida mientras sus manos la recorrían con una adoración que ahora sabía falsa. En aquel entonces, Emma se sentía especial, única. Ahora, al recordar la fuerza animal con la que él embestía a la pelirroja y la sonrisa de burla que le dedicó al ser descubierto, el placer de aquel recuerdo se transformó en asco puro.
«Qué idiota fui», se insultó a sí misma en su mente, golpeando la almohada con impotencia. Había entregado su cuerpo, su tiempo y su amor a un hombre que solo la veía como un entretenimiento desechable. Lloró hasta que los ojos le ardieron y el cansancio la dejó en un sueño pesado y sin paz.
A la mañana siguiente, la luz del sol que se filtraba por los ventanales la despertó con una punzada de hambre que no podía ignorar. Su estómago reclamaba alimento por dos. Emma caminó hacia la cocina, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo sus pies descalzos, pero antes de que pudiera buscar algo en la alacena, el timbre sonó. Se tensó de inmediato, ajustándose la playera negra que aún la envolvía. Al abrir —asomandose solo por una rendija— se encontró con un hombre de traje gris que sostenía varias bolsas de marcas exclusivas.
—Buenos días, señorita Spencer —dijo el empleado con una reverencia profesional—. El señor Campbell envía esto para usted. La espera abajo en diez minutos para llevarla a desayunar.
Emma tomó las bolsas, aturdida por la eficiencia de Benedict. Se duchó a toda prisa y se puso el vestido que él había seleccionado: una prenda de seda color esmeralda que se ajustaba a sus curvas con una elegancia que nunca antes había vestido. Al bajar y salir del edificio, lo vio. Benedict estaba recargado en su auto negro, revisando su reloj. Su presencia bajo la luz del día era todavía más imponente; vestía un traje oscuro hecho a medida que proyectaba una autoridad natural. Sin decir una palabra, le abrió la puerta del copiloto, esperando a que ella subiera antes de rodear el auto y ponerse al volante.
Llegaron a un restaurante con una vista privilegiada de la ciudad. El lugar era abierto, luminoso y estaba lleno de gente de la alta sociedad.
—Pide lo que desees, Emma —le dijo Benedict mientras dejaba el menú sobre la mesa, observándola con esos ojos grises que parecían notar cada detalle de su apariencia.
Emma no pudo evitar comparar la situación. Con Noah, las cenas siempre eran en lugares costosos, sí, pero siempre alejados, en reservados privados o restaurantes de poca luz en las afueras. Ella, en su ingenuidad, creía que era porque él valoraba su privacidad y quería tenerla solo para él. Ahora entendía que simplemente la estaba escondiendo como algo vergonzoso. Benedict, en cambio, la había sentado en la mesa central, a la vista de todos, sin un ápice de duda.
Después del desayuno, la llevó a una boutique de lujo donde la atención fue casi asfixiante. En cuanto pusieron un pie dentro, el personal se movió como si se tratara de la llegada de un monarca.
—Señor Campbell, es un honor. Todo el lugar está a su disposición —dijo la gerente, ignorando por completo a otros clientes para centrarse en ellos.
Benedict se sentó en un sillón de cuero, cruzando la pierna con una suficiencia que incomodaba. No miraba la ropa, la miraba a ella.
—Busquen algo que esté a su altura —ordenó con voz grave, haciendo un gesto hacia Emma—. No escatimen en nada.


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