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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 61

Mariana sintió que el aire regresaba a sus pulmones en cuanto vio la figura robusta y familiar de Altagracia cruzando el umbral de la mansión. No perdió tiempo en montar su papel de víctima frente a Robert, quien se encontraba en el despacho revisando unos informes de Industrias Campbell. Con los ojos humedecidos y una voz quebrada que ensayaba a la perfección, se acercó al abuelo de Noah, sosteniendo las manos de su antigua nana como si fueran su único salvavidas en medio de una tormenta. Le suplicó que le permitiera quedarse, argumentando que con su embarazo y los malestares que la habían estado agobiando, necesitaba a alguien de su total confianza, alguien que la conociera desde la cuna para sentirse acompañada en una casa que, según ella, a veces se sentía demasiado fría. Robert, que no tenía ganas de lidiar con dramas domésticos y veía que la propiedad era lo suficientemente grande como para albergar a un regimiento, accedió sin pensarlo demasiado. Ordenó a la servidumbre que instalaran a la mujer en una de las habitaciones de servicio del ala este y le permitió a Mariana que ella misma supervisara que Altagracia estuviera cómoda.

​En cuanto cerraron la puerta de la nueva habitación, Mariana dejó caer la máscara de fragilidad. Se sentó en la cama, apretando los puños con una rabia que le deformaba las facciones, mientras Altagracia deshacía una pequeña maleta con movimientos lentos y calculados. Mariana comenzó a soltar todo el veneno que tenía acumulado, contándole cómo Emma se había convertido en el centro de atención de la familia, cómo se paseaba por la casa con esa aura de santidad y cómo, para colmo de males, se casaría con Benedict este mismo sábado. Le explicó que Emma solo estaba ahí para trepar, para llamar la atención de Robert y asegurar una posición que no le correspondía. Altagracia la escuchaba en silencio, con esos ojos pequeños y oscuros que parecían saberlo todo, hasta que finalmente se acercó a Mariana y le tomó el rostro con sus manos ásperas.

​—Escúchame bien, niña. Lo primero que tienes que hacer es recuperar a tu marido. Acuéstate con Noah esta misma noche, amárralo a tu cama y no dejes que sus pensamientos se escapen a otro lado. De esa mujer, de Emma, no te preocupes. Yo buscaré la forma de quitarla del camino, de borrarla de esta casa antes de que te cause más daño —dijo Altagracia con una voz que destilaba una maldad antigua y serena.

​Mariana asintió, sintiéndose empoderada por las palabras de su nana. Esa noche, se preparó con un camisón de seda que no dejaba nada a la imaginación y esperó a que Noah entrara en la habitación. Él llegó tarde, oliendo a whisky y con el rostro tenso por las reuniones en la empresa, pero Mariana no le dio tiempo a rechazarla. Comenzó a seducirlo con una urgencia que Noah, en su estado de embriaguez y frustración, no pudo resistir. Se entregaron a un sexo rudo y carente de afecto, un desahogo físico donde Mariana se movía sobre él con desesperación, tratando de reclamar lo que sentía que le pertenecía. Sin embargo, en el momento más álgido, cuando la respiración de Noah era un jadeo ronco contra su oído, él soltó un nombre que hizo que el mundo de Mariana se detuviera en seco.

​—Así... Emma... —susurró Noah, enterrando el rostro entre los pechos de su esposa.

​Noah no fue consciente de lo que dijo, ni siquiera se dio cuenta del error fatal que acababa de cometer en medio de su delirio, pero Mariana sí lo escuchó. El nombre vibró en el aire como una bofetada. Sintió una humillación tan profunda que le quemaba el pecho, pero en lugar de detenerse, o apartarse siguió moviéndose con más fuerza, obligando a Noah a correrse en su interior, mientras las lágrimas de puro coraje y odio comenzaban a resbalar por sus mejillas.

Mariana, por su parte, estaba de un humor infernal. Noah apenas le hablaba y pasaba más tiempo en el despacho que con ella, evitando cualquier contacto físico desde aquella noche desastrosa. La falta de atención de su marido y la inminente boda de Emma la tenían al borde de un ataque de nervios, refugiándose únicamente en las promesas de Altagracia.

​Finalmente, el sábado llegó. El sol se filtraba por los grandes ventanales de la mansión, iluminando el ajetreo de los estilistas y los sirvientes que daban los últimos toques a la decoración del jardín. Emma estaba sentada frente al espejo, observando cómo su reflejo cambiaba bajo las manos expertas de los maquilladores. Se sentía poderosa, pero también asustada; sabía que casarse con un Campbell era entrar en un nido de víboras del que no habría salida. Justo cuando terminaban de colocarle el velo, un golpe seco se escuchó en la puerta del área de servicio, donde Mariana y Altagracia terminaban de hablar en susurros. Altagracia sonrió de una forma que le heló la sangre a la doncella que pasaba por ahí; el plan para arruinar a Emma estaba en marcha y nada, ni siquiera la ceremonia más lujosa, parecía capaz de detener la tormenta que se avecinaba sobre la nueva señora de la casa.

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