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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 62

Benedict Campbell no era un hombre de rituales ni de supersticiones baratas, pero esa mañana, mientras se ajustaba los gemelos de plata en su apartamento, decidió que Emma merecía la experiencia completa. No era por respeto a una tradición arcaica de mala suerte, sino por el placer sádico y delicioso de la anticipación. Quería que el impacto de verla en el altar fuera real, que el hambre que sentía por ella se acumulara durante horas de ausencia hasta volverse insoportable. Se miró al espejo, observando el corte impecable de su esmoquin negro. La seda de la solapa brillaba bajo las luces led del vestidor, y la camisa blanca, almidonada y perfecta, resaltaba la dureza de sus hombros y la frialdad de su expresión. Se veía imponente, con esa masculinidad agresiva que no necesitaba gritar para ser notada. Se pasó una mano por el cabello, perfectamente peinado, y exhaló un suspiro corto. Sabía que esa boda era un movimiento maestro en el tablero de la familia, pero también sabía que, en el fondo, ver a Emma vestida de blanco era lo único que realmente le aceleraba el pulso esa mañana.

​En la mansión, el ambiente era radicalmente distinto. Emma se observó en el espejo de cuerpo entero, sintiendo que el aire le faltaba ante la imagen que le devolvía el cristal. El vestido de corte sirena era una obra de arte en satén que abrazaba sus curvas con una precisión pecaminosa. A pesar de que había entrado en el tercer mes de embarazo, su vientre aún se mantenía plano, permitiendo que la prenda se ciñera a su cintura y descendiera por sus caderas con una elegancia que la hacía parecer una estatua de mármol. Catalina se acercó silenciosamente por detrás, sus manos y cálidas buscaron las de Emma para apretarlas con una ternura que casi la hace llorar.

​—Te ves absolutamente hermosa, Emma. No pareces una novia común, pareces una reina —dijo Catalina, su voz llena de una calidez que fue el único bálsamo para los nervios de la joven.

​—¿Crees que... crees que le gustará a Benedict? —preguntó Emma en un susurro, sintiendo que su seguridad se desmoronaba ante la inmensidad del compromiso.

​—Eso es seguro, querida. Ese hombre no podrá apartar los ojos de ti ni por un segundo. Estás hecha para él —respondió su abuela, asintiendo con convicción.

​Angélica entró en la habitación con el paso decidido como si estuviera a punto de cerrar el negocio de su vida. Se detuvo a admirar la belleza de su hija; sus ojos recorrieron el vestido buscando cualquier imperfección, cualquier hilo suelto que pudiera arruinar la imagen de perfección que el apellido Campbell exigía. Se acercó para ajustar el velo de tul delicado, una pieza tan fina que parecía una neblina sobre el cabello rubio de Emma.

​—Estás perfecta. No te muevas demasiado. Recuerda quién eres ahora, Emma. Hoy te conviertes en la mujer más poderosa de esta familia. No lo arruines con sentimentalismos —sentenció Angélica, más enfocada en el estatus que estaban por ganar que en la felicidad que brillaba, o se apagaba, en los ojos de su hija.

​Mientras tanto, la limusina negra ya esperaba en la entrada. El trayecto hacia la iglesia fue un borrón de paisajes y pensamientos intrusivos. Al llegar, el despliegue de seguridad era evidente; hombres de traje oscuro con auriculares vigilaban cada esquina, asegurando que el evento privado de los Campbell no fuera interrumpido. Mariana y Altagracia ya estaban dentro, ocupando sus lugares en la primera fila junto a Noah. Los murmullos en los bancos de la iglesia eran constantes, parecía un zumbido de abejas alimentándose del escándalo. Los invitados se preguntaban cómo Benedict, el soltero más codiciado y frío del mundo corporativo, había decidido casarse en cuestión de semanas. Mariana escuchaba todo con una rabia que trataba de disimular, sus dedos apretando el bolso de diseñador con tanta fuerza que parecía que quería destrozarlo. A su lado, Altagracia observaba el altar con una frialdad gélida, sus ojos escaneando cada detalle con enfado.

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