Emma sintió que el corazón le daba un vuelco. En ese momento, rodeada de enemigos disfrazados de familia y de aliados movidos por la ambición, la mirada de Benedict fue lo único que la hizo sentir que, a pesar de las miradas nada contentas de Noah y Mariana, estaba exactamente donde quería estar. El gris de los ojos de él se veía tormentoso, cargado de una promesa de lo que vendría después de que las puertas se cerraran y las formalidades terminaran.
La ceremonia comenzó, pero para ellos, el mundo se había reducido a ese pequeño espacio frente al altar, donde el poder y el deseo finalmente se sellaban con un contrato que nadie podría romper.
Benedict mantenía su mano entrelazada con la de Emma, apretando sus dedos con una fuerza que le recordaba que ya no había vuelta atrás. El perfume de las rosas blancas del ramo se mezclaba con el aroma a incienso de la iglesia y el varonil rastro de la colonia de él, creando una burbuja que los aislaba del resto del mundo.
El sacerdote comenzó la lectura de los ritos iniciales con una voz pausada que resonaba en las altas bóvedas de piedra.
—Estamos reunidos para unir a esta genuina pareja —dictaminó el hombre, pero para Benedict, las palabras sagradas eran solo un trámite legal que lo separaba de poseer finalmente a la mujer que tenía al lado. La observaba, admirando cómo del vestido se amoldaba a su figura con una perfección que lo hacía desear que la ceremonia terminara en ese mismo instante. Emma sentía el calor de su mirada quemándole la piel, una sensación que la hacía vibrar por dentro a pesar de los nervios que le oprimían el pecho. Estaba allí, entregándose al hombre más poderoso y oscuro que había conocido, bajo la mirada juiciosa de una élite que esperaba cualquier tropiezo para destrozarla.
Mariana enderezó la espalda, ver a Emma junto al hombre que ella deseaba si misma era una humillación que no sabía cómo procesar. Se sentía pequeña, humillada. Teniendo que soportar formar parte de los invitados cuando pudo ser ella quien diera el “sí” a ese hombre.
Mientras que Noah era un volcán a punto de entrar en erupción. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su rostro resaltaban y sus ojos verdes cargados de odio, no se apartaban de la nuca de su tío. Sentía una urgencia irracional de ponerse de pie, de gritar que esa boda era una farsa, de arrancar a Emma de los brazos de Benedict y recordarle que ella le pertenecía a él primero. La tensión que emanaba de Noah era tan palpable que los invitados sentados detrás de él evitaban incluso susurrar, temiendo que cualquier ruido fuera el detonante de un escándalo que arruinaría el prestigio de Industrias Campbell.
Angélica, por el contrario, irradiaba emoción ante el triunfo absoluto. Sus ojos brillaban mientras observaba el altar, calculando mentalmente el ascenso social y económico que este matrimonio significaba para Emma, para ella, ver a su hija unirse legalmente al tío de Noah era la culminación de años de ambición y sacrificios. Catalina y Robert compartían una satisfacción mucho más humana y serena. Robert observaba a la pareja con una sonrisa pequeña, convencido de que Benedict finalmente había encontrado una mujer capaz de estar a su altura y de darle la estabilidad que el imperio familiar necesitaba. Catalina, sentada a su lado, sentía que un peso se le quitaba de encima al ver a Emma protegida por la fuerza de Benedict, ignorando las corrientes de odio que circulaban en los bancos cercanos.

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