El silencio que siguió a la pregunta del sacerdote se volvió una masa espesa que apretaba los pulmones de todos los presentes. Noah sentía que la sangre le golpeaba las sienes con la fuerza de un mazo, sus manos aferradas a la madera del banco delantero hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color. Tenía la verdad en la punta de la lengua, el deseo de gritar que esa mujer le pertenecía, que ese bebé podía ser suyo y que Benedict estaba cometiendo el error de su vida al desafiarlo. Pero cuando sus ojos verdes chocaron con la nuca de su tío, vio la seguridad absoluta que emanaba de esa espalda ancha y de la forma en que sostenía la mano de Emma. Una ola de cobardía y realismo lo golpeó; sabía que Benedict no solo lo destruiría profesionalmente, sino que Robert jamás le perdonaría un escándalo de esa magnitud en el altar. Noah bajó la cabeza, tragándose la bilis y el orgullo, apretando los dientes con una rabia que le hacía temblar las piernas. Al ver que nadie interrumpía, el sacerdote sonrió con alivio y cerró el libro sagrado.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia —dijo el hombre, sellando el destino de Emma para siempre.
Benedict no perdió ni un segundo. Se giró hacia ella con una elegancia que dejaba claro quién era el hombre de su vida ahora, levantó el velo de tul con una delicadeza que contrastaba con el fuego que brillaba en sus ojos. Tomó el rostro de Emma entre sus manos, sus pulgares acariciando sus mejillas con una posesión que la hizo estremecer. La besó lento, profundo, dejando que sus labios reclamaran cada rincón de los de ella en un gesto que no era solo deseo, sino un pacto sellado con fuego y hierro. Emma le correspondió, sintiendo que el mundo desaparecía y que solo existía el calor de Benedict envolviéndola, marcándola como suya frente a toda la élite que los observaba. Cuando se separaron, los aplausos estallaron en la iglesia, rompiendo la tensión acumulada.
Robert y Catalina se acercaron de inmediato, sus rostros iluminados por una alegría que parecía ser la única nota de luz en esa familia llena de sombras. Robert abrazó a su hijo con fuerza, dándole una palmada en la espalda que llevaba implícito todo su respeto, mientras Catalina tomaba las manos de Emma con ternura, dándole la felicitación oficial, porque ahora pertenecía a la familia Campbell. Angélica, por su parte, estaba fuera de sí de la emoción; se movía entre los invitados con la barbilla en alto, recibiendo felicitaciones como si ella fuera la que acababa de conquistar un imperio. Su hija era ahora la esposa del hombre más poderoso y ese triunfo le pertenecía tanto como a Emma.
Mariana y Altagracia se acercaron con una hipocresía que resultaba evidente para cualquiera que supiera leer tras sus máscaras. Mariana forzó una sonrisa perfecta, aunque sus ojos chispeaban con un odio que no podía ocultar del todo, y felicitó a la pareja con palabras vacías. Altagracia permanecía un paso atrás, observando a Emma como si fuera una presa a la que estaba estudiando antes del ataque final. Noah simplemente se quedó parado, rígido como una estatua, sin decir una sola palabra, evitando mirar a Emma para no perder el poco control que le quedaba. Benedict se inclinó hacia el oído de su esposa, ignorando las miradas de los demás.
—Ahora eres la señora Campbell, Em. Y nadie va a poder quitarte ese lugar —susurró Benedict, provocando un cosquilleo intenso que recorrió la espalda de ella.
Salieron de la iglesia bajo una lluvia de pétalos blancos y subieron a la limusina que los esperaba. El trayecto hacia el salón donde sería el banquete fue corto, pero suficiente para que Emma procesara lo que acababa de suceder. Al llegar al lugar, se quedó sin aliento. El salón era un despliegue de lujo que superaba cualquier cosa que hubiera imaginado; techos altísimos decorados con candelabros de cristal, mesas vestidas con sedas blancas y arreglos de flores que perfumaban todo el ambiente. Pese a que su matrimonio era el resultado de un acuerdo oscuro, Emma se sintió entusiasmada; ese lugar era el sueño de cualquier novia, un escenario de cuento de hadas que Benedict había construido para ella.

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