Emma no quiso detenerse ni un segundo a escuchar lo que ese hombre tenía que decir. Trató de pasar de largo, fingiendo que él era un fantasma o una mancha en el decorado del lujoso salón, pero Noah no estaba dispuesto a permitir que lo ignorara. Antes de que ella pudiera dar dos pasos más hacia la seguridad de la fiesta, él le tomó la muñeca con una fuerza desmedida, tirando de ella con un movimiento brusco que la hizo chocar contra su pecho. Emma sintió el impacto y el aroma del alcohol que emanaba de su aliento, una mezcla de whisky y desesperación que le revolvió el estómago. Intentó zafarse de inmediato, clavando sus uñas en la mano de él, pero Noah cerró el agarre con más saña, sus dedos hundiéndose en su piel delicada.
—Suéltame ahora mismo, Noah. No me toques —le exigió ella, con una voz que temblaba de furia contenida, evitando mirarlo directamente.
—Qué fácil te olvidaste de mí, ¿verdad? —le reclamó él, acercando su rostro tanto que Emma tuvo que voltear la cara con asco para no sentir su respiración sobre su piel.
—Eres un maldito imbécil —respondió Emma con un rencor que le quemaba la garganta. Verlo ahí, ebrio y patético en el día de su boda, solo aumentaba el desprecio que sentía por él.
Noah soltó una carcajada amarga y cargada de veneno, una burla que resonó en el pasillo solitario. No la soltó; al contrario, usó su otra mano para tomarla con fuerza de la cintura, pegándola a él sin importarle el vestido de novia ni el lugar donde estaban. Sus ojos estaban inyectados en sangre, nublados por el alcohol y una envidia que lo estaba consumiendo vivo desde que entró a la iglesia.
—Nadie creería que eres la mujer dulce que decía amarme sobre todas las cosas. ¿O ya se te olvidó cómo lo expresabas? —dijo Noah, apretando su agarre—. Ahora vas de gran señora, pero todos sabemos que solo eres una arribista que saltó de mi cama a la de mi tío.
Emma sintió que la sangre le hervía. Trató de empujarlo, de liberar su cuerpo de ese contacto que le resultaba repulsivo, pero la fuerza de Noah, potenciada por la embriaguez, era inútil de combatir. Lo miró entonces con todo el desdén que pudo reunir, dejando que sus palabras salieran como puñales.
—Lo fui. Te amé demasiado y de una forma irracional y estúpida, pero eso fue antes de descubrir que eras un cobarde. Tú tenías a Mariana, tú elegiste casarte con ella mientras me usabas, y en cuanto me di cuenta de la clase de basura que eres, decidí estar con Benedict. Él sí es un verdadero hombre, no un niño malcriado que se esconde tras su apellido. ¿Qué querías, Noah? ¿Que sufriera siempre por ti? ¿Que te llorara a mares mientras tú te casabas y te follabas felizmente a Mariana? Ahora lárgate de aquí y suéltame o voy a gritar tan fuerte que todo el salón vendrá a ver cómo tratas a la esposa de tu tío.
En el salón principal, Benedict estaba terminando una conversación con un socio importante que se había acercado a felicitarlo. Como todo hombre astuto en los negocios, Benedict mantenía una fachada de cortesía y atención, pero su mente siempre estaba un paso adelante. Notó que Emma se estaba tardando demasiado en el baño y, casi al mismo tiempo, se dio cuenta de que el asiento de Noah también estaba vacío. Un presentimiento oscuro le recorrió la espina dorsal. Cortó la charla con el socio de manera tajante pero educada, y sin decir una palabra a nadie, se dirigió hacia el pasillo de los tocadores.
Caminó con paso firme, su figura imponente recortándose contra las luces del salón, y en cuanto dobló la esquina del pasillo, la escena le golpeó el rostro. Vio a Noah encima de Emma, vio las manos de su sobrino sobre el cuerpo de su esposa y vio las lágrimas de ella mientras intentaba liberarse de un beso que claramente era una agresión. La rabia de Benedict fue instantánea, una furia gélida que le nubló la vista por completo.
No hubo advertencias ni palabras. Benedict llegó hasta ellos y, de un tirón violento, arrancó a Noah de encima de Emma. Sin importarle que el ruido de la pelea pudiera atraer a los invitados o causar el escándalo que Noah tanto temía, Benedict cerró el puño y le propinó un golpe directo al rostro con toda su potencia. El impacto mandó a Noah al suelo, su cabeza rebotando contra el mármol mientras la sangre comenzaba a brotar de su nariz.

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