La rabia que consumía a Benedict en ese instante no tenía comparación con nada que hubiera experimentado antes. Ver las manos de Noah sobre el cuerpo de Emma, presenciar cómo forzaba a su esposa contra la pared, le hizo perder la razón por completo. Siempre había sido un hombre metódico, pero en ese pasillo, el barniz de civilización se agrietó hasta desaparecer. Lo único que quería era matarlo, borrar la existencia de ese sobrino que se atrevía a profanar lo que era suyo. Noah se levantó del suelo con dificultad, limpiándose un hilo de sangre que corría por su labio, y con el dorso de su mano limpió la sangre en su nariz, luego soltó una risotada cargada de veneno que terminó por encender la mecha.
—¿Te duele, tío? Como has visto, a tu flamante esposa le encanta enredarse con más de uno. No parece que le molestara tanto mi cercanía —soltó Noah, provocándolo con una mirada desafiante y cínica.
Benedict se lanzó sobre él antes de que pudiera terminar la frase. Lo tomó de las solapas del saco con una fuerza brutal, sacudiéndolo como si fuera un muñeco de trapo, y lo estampó contra la pared opuesta. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, nublados por una ira que no permitía razonamiento alguno.
—En tu puta vida, ¿me oyes? En tu puta vida vuelvas a poner el nombre de mi esposa en tu boca —le gritó Benedict antes de asestarle otro puñetazo directo al pómulo que hizo que la cabeza de Noah rebotara contra el mármol.
Noah, impulsado por el alcohol y el resentimiento que llevaba meses acumulando, no se quedó quieto. Logró soltarse de un brazo y le regresó el golpe a Benedict, alcanzándolo en la mandíbula. Le abrió el labio. El impacto solo sirvió para que Benedict se volviera más salvaje. Lo tiró al suelo de un empujón y se lanzó sobre él, montándose sobre su pecho para golpearlo con una saña que asustó a Emma. Los puños de Benedict caían una y otra vez, sin ritmo, impulsados únicamente por el coraje y el rencor acumulado contra ese hombre que siempre había sido una sombra molesta en su vida.
—¡Benedict, por favor, déjalo! ¡Basta, te lo ruego! —gritaba Emma, estallando en llanto mientras se abrazaba a sí misma.
Se sentía sucia, humillada; sentir el tacto de Noah sobre su piel la hacía querer arrancarse el vestido de novia ahí mismo. Sus manos temblaban violentamente y lo último que quería era ser el motivo de un problema que terminara en tragedia para su esposo. Pero Benedict estaba perdido. No escuchaba las súplicas de Emma ni el ruido de los pasos que empezaban a acercarse desde el salón principal. Se limpió un poco de sangre de la comisura de la boca con el dorso de la mano y volvió a golpear a Noah, quien trataba de cubrirse el rostro mientras seguía soltando provocaciones entre dientes.
—No te das cuenta, ¿verdad? Emma no es la mujer que tú crees. Solo se casó contigo por tu dinero y tu posición. De haberle hecho caso cuando me rogaba, se habría casado conmigo sin dudarlo —escupió Noah, recibiendo otro impacto que le cortó la ceja.
—¡Cierra la puta boca! No se te ocurra, si quieres vivir, volver a nombrarla —rugió Benedict, su voz resonando en el pasillo como un trueno.
El escándalo escaló rápidamente. Los invitados, atraídos por los gritos y el sonido de los golpes, comenzaron a asomarse al pasillo, formando un semicírculo de rostros horrorizados. Los cuchicheos cesaron de golpe al ver la escena dantesca: el Director General de Industrias Campbell, el hombre siempre impecable y frío, estaba ensangrentado y fuera de sí, moliendo a golpes a su propio sobrino sobre el suelo. Mariana fue la primera en abrirse paso entre la multitud, soltando un grito agudo que rasgó el aire al ver a su esposo siendo masacrado.
—¡Lo vas a matar! ¡Benedict, detente, por el amor de Dios! —gritaba Mariana, tratando de acercarse pero retrocediendo por el miedo que emanaba de la figura de su tío.

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