Robert se quedó mudo, procesando la confesión de su hijo con una mezcla de horror y escepticismo que se fue desvaneciendo al ver el estado lamentable de Emma. Sus ojos bajaron hacia la joven, notando el rímel corrido y la forma en que sus hombros no dejaban de sacudirse por el llanto contenido. No podía creer que su nieto fuera capaz de semejante bajeza en plena boda familiar, pero tampoco se atrevía a dudar de la palabra de Benedict, cuya furia era tan genuina que todavía hacía vibrar el aire del pasillo. Benedict, con la respiración aún entrecortada y los nudillos ardiendo por los golpes, no esperó a que su padre emitiera un juicio o pidiera más detalles.
—Está completamente borracho, padre. No esperes que tenga la mínima consideración con él a partir de ahora. Emma es mi esposa, es una Campbell, y ese imbécil tiene que aprender a respetarla aunque sea a golpes —soltó Benedict, su voz destilando un veneno que dejó claro que la tregua familiar se había terminado para siempre.
Robert asintió con lentitud, su rostro llenándose de una preocupación profunda que le marcaba cada arruga de la frente. Lo que su hijo acababa de revelar era de una gravedad extrema; no solo se trataba de una falta de respeto, era una agresión directa al honor del Director General en su propio día. El patriarca vio las lágrimas en el rostro de Emma y sintió una punzada de vergüenza ajena por la sangre de su sangre.
—Hablaré con él, Benedict. Te juro que esto no se va a quedar así, pero ahora debes calmarte. No podemos permitir que los invitados se den cuenta de la magnitud de este desastre —dijo Robert, tratando de poner una mano en el hombro de su hijo para aplacar el incendio que todavía ardía en sus ojos.
Benedict se pasó la mano por la cabeza con un gesto de impaciencia, apartando el contacto de su padre. Lo que menos quería en ese momento era escuchar consejos de calma o promesas de charlas civilizadas. Quería sacar a Emma de allí, encerrarse con ella y borrar con sus manos cualquier rastro que el contacto de Noah hubiera dejado en su piel. Catalina, que había llegado al lugar justo a tiempo para presenciar el final del altercado, se acercó a Emma con una suavidad maternal y la rodeó con el brazo, alejándola de la escena de violencia. Se la llevó hacia una de las habitaciones privadas que habían reservado para la novia en el salón, buscando un espacio donde pudiera recomponerse lejos de las miradas curiosas. Benedict se quedó solo en el pasillo con Robert, sintiendo que el diablo se lo llevaba por dentro, con los puños todavía cerrados y el deseo de volver a la sala donde tenían a Noah para terminar lo que había empezado.
Mientras tanto, Mariana se alejaba del pasillo con el corazón galopando contra sus costillas. Había escuchado suficiente desde las sombras y la rabia le subía por la garganta como un ácido amargo que la quemaba por dentro. El desprecio de Noah, su obsesión con Emma y ahora la humillación pública de la pelea eran demasiado para ella. Caminó rápido, esquivando a los meseros y a los invitados que seguían festejando ajenos al drama, buscando desesperadamente a su nana. Sentía una molestia punzante que se le clavó en el bajo vientre, un dolor agudo y frío que la obligó a detenerse un segundo y apoyarse contra una columna de mármol. Altagracia la encontró cerca de los baños de servicio, notando de inmediato la palidez cadavérica de su protegida.
—¡Niña! ¿Qué te pasa? Estás blanca como un papel —preguntó Altagracia con una preocupación genuina, acercándose para sostenerla por los brazos. Ella también había visto parte de la pelea y sabía que el ambiente estaba cargado de desgracia.

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