Altagracia no perdió ni un segundo. Sus gritos pidiendo auxilio rasgaron el aire del pasillo de servicio, atrayendo de inmediato la atención de Robert, quien todavía intentaba asimilar el desastre provocado por su nieto. Al ver a Mariana doblada por el dolor, con la seda de su vestido manchada de ese rojo aterrador, el hombre sintió que el mundo se le venía encima. No hubo tiempo para llamar a una ambulancia; Robert ordenó a sus hombres que despejaran la salida trasera y, en menos de un minuto, Mariana era subida al asiento trasero de una de las camionetas blindadas. El trayecto al hospital fue una pesadilla de frenazos bruscos. Mariana entró en una crisis nerviosa absoluta, gritando de dolor y pánico, mientras Altagracia la sostenía con una desesperación que contagiaba a todos los presentes. En cuanto cruzaron las puertas de urgencias, los médicos se hicieron cargo de ella, llevándola de inmediato a una sala de evaluación donde el caos se apoderó del ambiente.
Altagracia, con las manos aún manchadas de la sangre de su protegida, comenzó a dar detalles al médico de guardia con una voz entrecortada por el llanto. Atribuyó todo el cuadro al impacto emocional de la pelea, asegurando que Mariana se había descompensado al ver a Noah molido a golpes por Benedict. Los médicos le practicaron un ultrasonido de emergencia mientras ella se retorcía en la camilla, gimiendo por el dolor punzante que le recorría el vientre. Las luces blancas del hospital y el sonido metálico de los instrumentos creaban una atmósfera fría que contrastaba con el calor de la tragedia que se desarrollaba. Mariana estaba ida, perdida en el dolor físico y en el terror de perder su único seguro de vida en la familia Campbell, sin ser consciente de que el médico que la atendía no era el hombre al que ella le pagaba para sostener su mentira sobre su hijo "varón".
Mientras tanto, en el salón de fiestas, el ambiente para Emma era igual de asfixiante. Se encontraba en la habitación privada, sentada en el borde de un sofá de terciopelo, todavía con el velo puesto pero desordenado. Estaba alterada, no solo por la agresión de Noah y el asco de haber sido tocada sin su consentimiento, sino por la forma en que Benedict había perdido los estribos. Sentía una culpa punzante, como si su sola presencia hubiera sido el detonante de una guerra familiar que amenazaba con destruirlo todo. Catalina la abrazaba con fuerza, tratando de calmar sus temblores y preguntándole una y otra vez si estaba bien, pero Emma apenas podía responder. Se sentía sucia, apenada y expuesta ante los ojos de todos los que habían presenciado la pelea.
Benedict irrumpió en la habitación con el rostro endurecido por una furia que todavía no lograba apagar. Sus ojos grises recorrieron a Emma de arriba abajo, asegurándose de que estuviera físicamente completa, aunque su mandíbula seguía apretada por el rencor. Se detuvo frente a ellas y miró a su abuela con un gesto cargado de autoridad.
—Déjenos solos, abuela —indicó Benedict, su voz siendo más grave de lo habitual.
Catalina miró a Emma con preocupación, buscando su aprobación, y al ver que ella asentía levemente, la abuela salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. El silencio que quedó fue denso, cargado de todo lo que no se habían dicho desde que salieron de la iglesia. Emma se puso de pie, sintiendo que las palabras se le agolpaban en la garganta.
—Benedict, yo no lo provoqué. Te juro que no lo besé, él me tomó por sorpresa y... —empezó a decir Emma con una desesperación que la hacía temblar, temiendo que él pensara lo peor.
Altagracia soltó un grito de dolor, cubriéndose la cara con las manos, mientras Robert cerraba los ojos, sintiendo que la desgracia no dejaba de perseguir a su familia en lo que debería haber sido un día de celebración. Mariana, en la camilla, ni siquiera había tenido tiempo de procesar que su mentira sobre su hijo varón se acababa ahí; el dolor físico era tan abrumador que le impedía pensar en nada.
En el salón de fiestas, ajena a la tragedia del hospital pero muy consciente de sus propios movimientos, Angélica permanecía sentada en la mesa principal, bebiendo una copa de champaña con una elegancia llena de insolencia. Robert le había pedido que se quedara para mantener la compostura y evitar que los invitados sospecharan que algo andaba terriblemente mal, y ella, amablemente empática, había accedido. Ahora que estaba sola, observando el baile desde la distancia, una sonrisa gélida apareció en sus labios. Uno de los meseros, que se movía discretamente cerca de la barra, le hizo una seña casi imperceptible con la cabeza, confirmando que el trabajo estaba hecho.
Angélica se burló internamente de Altagracia y de sus métodos rústicos. Si la nana quería deshacerse del bebé de Emma, tendría que haber pensado con más frío y analizado mejor con quién se metía. Angélica no era una mujer de impulsos, era una ambiciosa que no iba a permitir que nada pusiera en riesgo el futuro de su hija y, por extensión, el suyo. Ese mismo pensamiento la había llevado a buscar a ese mesero días atrás, pagándole una fortuna para que, sin levantar sospechas, se encargara de poner un potente abortivo en todo lo que Mariana consumiera: en su copa de agua mineral, en su plato y hasta en el postre. Si había un embarazo que no llegaría a término en esa familia, no sería el de Emma. Angélica bebió el último sorbo de su champaña, sintiéndose la gran señora, mientras al otro lado de la ciudad, Mariana lloraba la pérdida de lo que ella creía que era su único poder.

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