El aire en la habitación del hospital era frío creando un contraste brutal con el aroma a flores caras que Altagracia había dejado sobre el florero en el buró junto a Mariana. Ella estaba pálida, con la mirada perdida en el techo blanco mientras el médico terminaba de revisar sus signos vitales. Altagracia le apretaba la mano con una fuerza desesperada, pero el silencio que siguió a la noticia de la pérdida del bebé fue interrumpido por algo mucho más devastador. El doctor se aclaró la garganta, mirando una serie de estudios que acababan de entregarle. No era el médico de confianza de Mariana, era un hombre que hablaba con la verdad cruda sin haber recibido un soborno.
—Señora Campbell, tengo que ser muy honesto con usted sobre su situación clínica —explicó el médico, acercándose a la camilla—. El desprendimiento fue violento y el sangrado causó daños internos considerables. Debido a las complicaciones que surgieron y a una condición que hemos detectado en su útero, es probable que no pueda resistir otro embarazo en el futuro.
Mariana se quedó en shock, sintiendo que el corazón se le detenía. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras trataba de procesar las palabras que acababan de sentenciar su vida. Altagracia soltó un sollozo ahogado, pero Mariana no podía llorar todavía; el impacto era demasiado grande.
—¿Qué está diciendo? Eso es imposible... Solo fue un accidente, yo puedo... yo puedo volver a intentarlo —susurró Mariana, su voz quebrándose mientras una crisis nerviosa empezaba a apoderarse de ella.
—Las posibilidades de que pueda embarazarse otra vez son mínimas, casi nulas. Su cuerpo ha quedado muy debilitado y un nuevo intento pondría en riesgo su propia vida. Lo lamento mucho —añadió el doctor, cerrando la carpeta con una finalidad que le heló la sangre a la pelirroja.
Mariana estalló en un llanto desgarrador, un grito de agonía que resonó en las paredes de la habitación. Se sentía vacía, acabada. En esa familia, su único valor real era el heredero que cargaba, y ahora esa posibilidad se había esfumado para siempre. Robert, que había estado observando desde la esquina, se acercó a la cama y apretó los labios con fuerza al verla tan destruida. Aunque estaba furioso por lo que Noah había provocado, no podía evitar sentir una profunda lástima por la mujer que ahora lloraba sin consuelo.
—Tranquila, Mariana. No te vamos a dejar sola en esto, la familia Campbell estará contigo —dijo Robert, tratando de darle un consuelo que sabía que no era suficiente para llenar el vacío que ella sentía.
Robert salió de la habitación con el rostro endurecido, sintiendo que el peso de los pecados de su nieto era ya demasiado grande para ignorarlo. En la sala de espera, desplomado en una de las sillas de plástico, estaba Noah. La borrachera se le había bajado de golpe en cuanto le informaron que su esposa había terminado en el hospital de emergencia. Tenía la ropa desordenada y un hematoma oscuro floreciendo en su pómulo, recuerdo del puño de Benedict. Al ver aparecer a su abuelo, Noah se levantó de un salto, con el rostro desencajado por el miedo y la culpa.
—¿Cómo está Mariana? ¿Qué pasó con el bebé? —preguntó Noah, su voz temblando mientras buscaba una respuesta que ya sospechaba.
Robert no respondió con palabras. Antes de que Noah pudiera dar un paso hacia él, su rostró giró abruptamente con una cachetada tan potente que el sonido resonó en todo el pasillo vacío. El golpe hizo que Noah tambaleara, pero Robert no le dio tiempo a recuperarse. Lo tomó del cuello de la camisa, acercando su rostro al de su nieto con una furia que hacía temblar sus propias manos.
—Emma ha estado enamorada de mí todo este tiempo. Estuvimos juntos, ella me buscaba, me rogaba... Y de pronto, cuando se dio cuenta de que yo me casaría con Mariana, apareció en la mansión del brazo de mi tío. ¿No te parece demasiada coincidencia? —soltó Noah, soltando el veneno que tenía guardado—. Ella es una arribista, una oportunista que solo quiere la fortuna de nuestra familia. Va por ahí con esa cara tierna y esos ojos de cordero degollado mientras piensa con cuál Campbell enredarse para asegurar su vida.
Robert dio un paso atrás, negando con la cabeza, incapaz de procesar que la mujer dulce y trabajadora que Benedict había elegido fuera la misma de la que Noah hablaba. La revelación le pareció un insulto a la inteligencia de su hijo, pero la seguridad con la que Noah sostenía la mentira empezó a sembrar una duda amarga en su pecho.
—Lo que estás diciendo es muy delicado, Noah. Estás acusando a la esposa de tu tío de algo infame en nuestra propia familia —advirtió Robert, su mirada volviéndose analítica.
—Lo sostengo frente a quien sea, abuelo. Esa mujer no merece estar en la familia, solo nos va a traer desgracia tras desgracia. Ella provocó esto, ella me buscó en ese pasillo para restregarme su matrimonio. No es la santa que Benedict cree tener en su cama —insistió Noah, apretando los dientes con una rabia que denotaba que no descansaría hasta ver a Emma fuera del camino.
Robert se quedó en silencio, mirando hacia la habitación donde Mariana seguía llorando, mientras las palabras de Noah daban vueltas en su cabeza como un virus silencioso que amenazaba con destruir la poca paz que quedaba en los Campbell.

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