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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 8

Benedict no perdió el tiempo y la llevó directamente a una clínica privada. Necesitaba saber lo antes posible como estaba ese bebé que posiblemente le ayudaría a obtener las acciones de su padre. Emma caminaba a su lado con las piernas pesadas, sintiéndose como una intrusa en aquel lugar lujoso.

Al entrar al consultorio, el ginecólogo los recibió con una calma que realmente no mermó el nerviosismo que sentía ella. Emma se acostó en la camilla y, cuando sintió el gel frío en su vientre, un pesar inmenso le oprimió el pecho. Mientras el médico movía el transductor, ella miraba el techo intentando no desmoronarse. No se suponía que su vida fuera así; tampoco estaba entre sus planes que el primer vistazo a su hijo fuera en compañía de un hombre que no solo era un completo extraño, sino también el tío del desgraciado al que le había jurado amor mientras la destruía por la espalda.

​—Ahí está —dijo el médico, señalando una pequeña mancha blanca en la pantalla. Emma tragó saliva saliendo de sus amargos pensamientos y dirigiendo su mirada a esa nueva vida que ahora crecía dentro de ella.

​Benedict observaba el monitor con una seriedad absoluta, con sus ojos grises se mantenían fijos en la imagen. No había ternura en su rostro, pero si la satisfacción de un hombre que tal como en otras ocasiones, se aseguraba de que sus negocios resultarán tal como él lo quería.

​—¿Cuándo podremos saber el sexo del bebé? —preguntó, su voz resonando con una autoridad que ocultaba su impaciencia. El médico explicó que tenía apenas cinco semanas y que, por la amenaza de aborto previa, el reposo era vital. Añadió que para saber el sexo tendrían que esperar a la semana doce, un nuevo ultrasonido podría indicar si sería niño o niña.

​Emma sintió que el aire le faltaba. Cada palabra del doctor sobre la salud del bebé le recordaba que estaba ligada para siempre a Noah, el hombre que ahora mismo estaría riendo con su prometida oficial, con aquella mujer a la que conoció de la peor manera. Aún estaba en su mente el recuerdo de la mujer jadeando mientras Noah apretaba sus pechos y se hundía tan duro dentro de ella para luego fijar sus ojos en Emma.

«Hijo de puta»

Le daban ganas de llorar de pura rabia, de gritar hasta desgarrarse la garganta, de golpearlo hasta que él sintiera una mínima fracción del dolor que ella le calaba en los huesos. Le dolía el alma pensar en cómo él la había usado como un objeto desechable mientras ella cuidaba un amor que solo existía en su cabeza.

«Que estúpida, Emma»

Ahora estaba ahí, vendiendo su futuro para que ese bebé no tuviera carencias, sintiendo que su dignidad se fragmentaba con cada latido que veía en la pantalla. No podía evitar sentir un odio profundo al recordar sus besos; quería insultarlo, escupirle a la cara toda la frustración de haberse quedado sola y sin nada por su culpa. Y lo que más le dolía era que pese a todo lo que él había hecho y de lo mucho que lo detestaba, ella todavía lo amaba.

​Al salir de la clínica, Benedict la subió al auto sin mediar palabra. Emma se pegó a la ventanilla, viendo la ciudad pasar. El nudo en su garganta era insoportable.

¿Y es que como no acordarse de ese imbécil? Si no solo la había humillado como mujer. También la había dejado sin trabajo y por su culpa había tenido que quedarse en ese hotel de mala muerte.

Se sentía humillada por seguir pensando en los recuerdos de un hombre que nunca existió. La traición le quemaba la sangre y estar en el auto de Benedict le constantemente que su vida ya no le pertenecía. Estaba atrapada entre la desolación de lo que perdió y la incertidumbre de lo que acababa de comprar.

Emma cerró los ojos y cuando respiró profundo tratando de calmar sus pensamientos, el aroma de él la invadió. No podía negar que su colonia era embriagadora. El aroma era exquisito y sin darse cuenta respiró profundo otra vez sintiendo como una corriente le escalaba por el cuerpo.

​—La boda de Noah será en tres semanas —dijo él, rompiendo la calma con frialdad—. No hay tiempo para esperar. Te compraré un lindo vestido. Ese día te presentaré ante mi familia como mi prometida.

Emma sintió un escalofrío y un nudo formarse en su garganta mientras sus ojos se nublaban por las lágrimas que se forzó a contener.

Se casaría, joder. De verdad lo haría.

No es que ella esperase que él se arrepintiera y regresará a suplicarle que lo perdonara. Simplemente la boda era la culminación del engaño en el que estuvo metida. Mentiría si decía que no le dolía. Porque dios, como lo hacía. Sentía que le faltaba el aire, que sus pulmones se quedaban sin aire al punto de asfixiarla.

El pánico se mezcló con una satisfacción oscura. Tragó con dificultad y asintió con la cabeza, apretando el diamante contra su palma hasta que le dolió. Sabía que no había marcha atrás. Había pactado con el tío de su enemigo para sobrevivir y para verlo caer, aunque el precio fuera convertirse en la posesión de Benedict Campbell. Sentía miedo de lo que pudiera ocurrir ese día, y al mismo tiempo no había nada que ansias más que verle la cara a ese idiota cuando la viera llegando del brazo de nada menos que su propio tío.

Noah podía jugar a la casita con la pelirroja. Mientras ella disfrutaba de un juego más entretenido y perverso con su tío.

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