La mañana irrumpió en la habitación del hospital con una claridad hiriente que Mariana no soportaba. El médico, tras una revisión rápida y carente de la calidez que ella solía comprar con dinero, le dio el alta. No había residuos del aborto, su cuerpo había expulsado todo rastro de vida con una eficiencia cruel y ya no había más que hacer allí; podía regresar a la mansión Campbell a enfrentar su nueva realidad. Mariana permanecía sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda que se sentía pesada sobre sus hombros, mientras las lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas, manchando su rostro pálido. Lejos de sentir odio hacia Noah por la negligencia y la borrachera que asumían había desatado la tragedia, su rabia estaba concentrada en un solo objetivo: Emma.
—Esa maldita arribista me arruinó la vida, nana. Todo es su culpa, ella atrajo a Noah a ese pasillo, ella provocó que Benedict perdiera el control. ¡La odio! Maldigo el día en que puso un pie en esa casa —gritó Mariana, su voz quebrándose por la impotencia mientras Altagracia la ayudaba a ponerse el vestido que habían traído de la mansión.
La nana la sujetó de los brazos con una firmeza cariñosa, obligándola a mirarla a los ojos. Altagracia sabía que el dolor de su niña era real, pero también sabía que en esa familia el dolor no servía de nada si no se convertía en un arma.
—Escúchame bien, Mariana. Ahora más que nunca tienes que ser inteligente. Ya no llevas un hijo en el vientre, el seguro que tenías se ha esfumado, así que tienes que aferrarte a ese matrimonio con las uñas —dijo la nana, abrochando con cuidado la espalda del vestido—. No puedes permitirte el lujo de hundirte ahora.
—¿Aferrarme cómo? Noah va a querer un heredero, nana. Todos en esa familia lo quieren. ¿Qué voy a hacer ahora que sé que quizá nunca pueda darle uno? Se va a largar con la primera que le dé un hijo —sollozó Mariana, dejándose caer sobre la silla mientras sentía que el vacío en su interior se ensanchaba.
Altagracia se puso de rodillas frente a ella, tomándole las manos frías.
—La culpa, mi niña. La culpa va a ser tu mayor aliada si sabes usarla. Tienes que hacer que Noah sienta que cada gota de sangre que perdiste fue por su culpa, que tu incapacidad de ser madre es el precio que pagaste por sus errores. Pero tiene que ser sutil, tiene que nacer de tu "sacrificio" por él. Que no pueda mirarte sin recordar que te destruyó —indicó la nana con un tono gélido y calculador que Mariana empezó a asimilar.
En ese momento, la puerta se abrió y Noah entró en la habitación. Llevaba un enorme ramo de rosas rojas que contrastaba violentamente con los hematomas y las costras que le cruzaban el rostro. Su mirada estaba llena de una vergüenza que no podía ocultar. Altagracia, viendo la oportunidad, se levantó de inmediato.
—Iré a buscar los papeles del alta y algo de agua —dijo la nana, lanzándole una última mirada de advertencia a Mariana antes de salir y dejarlos solos.
Noah dejó las flores sobre el buró de junto, haciendo un ruido que irritó a Mariana profundamente. Verlo allí, con las marcas de los golpes de Benedict, solo le recordaba la humillación pública que habían sufrido. Noah se acercó a la cama con pasos titubeantes, queriendo tocarla pero temiendo la reacción.
—Perdóname, Mariana... por favor, perdóname. No sabía que esto iba a terminar así, te juro que yo solo quería... —balbuceó Noah, finalmente rompiéndose y tomándola por los hombros para intentar calmarla.
—Seguramente ya no me vas a querer, ¿verdad? Ahora que los médicos dicen que mis posibilidades de tener hijos son mínimas, ahora que soy una mujer rota que no puede darte lo que necesitas... vas a buscar a otra —sollozó ella, hundiendo el rostro en el pecho de él, aplicando la lección de la nana con una maestría aterradora.
Noah sintió que el corazón se le oprimía ante la vulnerabilidad de su esposa. La vergüenza le quemaba las entrañas. Se dio cuenta de que, por su obsesión con Emma, había destruido a la mujer que siempre estuvo a su lado, la que llevaba su apellido y su futuro. La abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en su cabello mientras las lágrimas de él también empezaban a caer.
—No digas eso, jamás volveré a dejarte sola. Estaré contigo siempre, Mariana. No me importa si no podemos tener hijos ahora, lo que importa es que te recuperes. Te pido perdón por todo el daño que te hice, te juro que voy a cambiar, que voy a hacer que te sientas orgullosa de ser mi esposa otra vez —prometió Noah, su voz cargada de una sinceridad nacida del remordimiento más profundo.
Mariana seguía llorando, pero detrás de su llanto, la satisfacción empezaba a asomar. Tenía a Noah exactamente donde lo quería: encadenado a ella por una culpa que no lo dejaría respirar. Mientras él la estrechaba contra su pecho pidiendo perdón una y otra vez, Mariana cerró los ojos y se prometió a sí misma que Emma Campbell pagaría por cada lágrima que había derramado esa mañana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor