Angélica observó desde lo alto de la escalera cómo Mariana cruzaba el vestíbulo, sostenida por Noah y custodiada por Altagracia. No necesitaba ser adivina para entender que el aire en esa mansión se había vuelto irrespirable. Sabía perfectamente que sus días y los de Emma bajo ese techo estaban contados; Benedict no era un hombre estúpido y jamás permitiría que su esposa compartiera pasillos con el sobrino que la deseaba y con el que guardaba un pasado turbio. Emma seguramente terminaría en una casa nueva, espaciosa y blindada por el dinero de su marido, pero Angélica no se conformaría con ser una arrimada en la casa de su hija. Noah Campbell tenía una deuda pendiente con ella y era momento de cobrar los intereses.
Esperó el tiempo necesario, y luego bajó con elegancia, evitando que sus tacones hicieran ruido sobre el mármol, y se dirigió a la cocina. Sabía que Noah se refugiaría ahí para evitar la mirada inquisidora de su abuelo Robert. Al entrar, lo encontró de espaldas, sirviéndose un vaso de agua con manos que aún temblaban ligeramente. Angélica se aseguró de que el personal de servicio estuviera ocupado en el jardín y cerró la puerta haciendo que Noah se percatara de su presencia.
—Pensé que ya era demasiado bajo mantener una relación con dos mujeres a la vez mientras se finge ser un buen hombre. Pero me equivoqué, Noah, siempre se puede ser peor —dijo Angélica con un tono de reproche irónico, cruzándose de brazos mientras lo recorría con una mirada llena de asco.
Noah dejó el vaso sobre la encimera y se giró, mostrando los estragos de la pelea en su rostro. Luego soltó una risa amarga que más bien pareció un gruñido.
—Tú no tienes nada de qué enorgullecerte, Angélica. Tu hija y tú son un par de oportunistas que solo buscan el dinero de mi familia. Por eso Emma se vendió al mejor postor en cuanto vio la oportunidad —respondió Noah, tratando de mantener una superioridad que ya no tenía.
Angélica, lejos de ofenderse, dibujó una sonrisa gélida en sus labios. Dio un paso hacia él, sin amedrentarse por la estatura o la rabia que emanaba el hombre.
—En la vida siempre se deben aprovechar las oportunidades, Noah. Es justo lo que estoy haciendo ahora. Y hablando de eso, tienes una cuenta pendiente conmigo. Quedamos en que convencerías a Robert de comprarnos una casa a la altura de lo que merecemos por el silencio de mi hija —recordó ella, clavando sus ojos en los de él.
Noah se burló abiertamente, negando con la cabeza mientras se apoyaba contra el mueble de la cocina.
—Estás loca si crees que puedes chantajearme con eso ahora. Mi abuelo ya sabe que tuve algo con Emma, la bomba ya estalló y, como podrás ver, con Mariana el tema está resuelto. Ya no tienes nada contra mí —soltó con un tono victorioso.
—Piensas muy mal de mí si crees que mi único recurso era ese chisme barato. No pensaba chantajearte con lo que ya todo el mundo sospecha. Sin embargo, tengo algo mucho más interesante —replicó Angélica.
Metió la mano en su elegante bolso de piel y sacó una pequeña grabadora digital. La dejó sobre la mesa y presionó el botón de reproducción. El sonido era nítido; se escuchaba el ambiente de una oficina y la voz de David, el amigo cercano de Noah, junto a la de él mismo.
—¿De verdad te vas a divorciar de Mariana? —se escuchó la voz de David en la grabación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor