El sol de Los Cabos caía con una fuerza implacable sobre la terraza privada, haciendo que el agua de la piscina infinita brillara como diamantes líquidos. Emma estaba recostada en una de esas camas balinesas, sintiendo el calor del mediodía sobre su piel mientras el sonido de las olas rompiendo contra las rocas creaba una atmósfera de aislamiento total. Benedict apareció desde el interior de la mansión, caminando con esa seguridad natural que siempre lograba intimidarla. Se detuvo justo frente a ella y, con un movimiento lento y deliberado, se quitó la bata de seda oscura, dejándola caer al suelo sin ninguna modestia.
Emma contuvo el aliento, dejando que sus ojos lo admiraran sin restricciones. El cuerpo de su esposo era una obra de arte esculpida en músculo y autoridad; los hombros eran anchos, el abdomen estaba marcado con una dureza que ella ya conocía bien bajo sus dedos, y su piel tenía ese tono bronceado que lo hacía ver como un dios antiguo. Sus ojos descendieron inevitablemente hacia su entrepierna, deteniéndose en su p*ne, que incluso dormido se veía grueso e imponente, descansando entre sus muslos como una promesa silenciosa de lo que vendría después. Benedict se dirigió al borde y se metió al agua de un solo salto, emergiendo segundos después con el cabello empapado. Se echó la melena hacia atrás con una mano, dejando que las gotas resbalaran por su rostro y su cuello, una visión que a Emma le pareció un maldito pecado.
—El agua está perfecta, Emma. Deja de mirarme desde ahí y entra —dijo Benedict, su voz profunda resonando en el espacio abierto mientras la incitaba con una mirada que prometía fuego.
Desde que habían llegado a la mansión, el apetito sexual de Benedict parecía no tener fin. Habían tenido sexo en cada rincón posible, a diferentes horas, y esa intensidad constante lejos de cansarla, la mantenía en un estado de excitación permanente. Emma se levantó de la cama, revelando un diminuto traje de baño de dos piezas que apenas cubría lo necesario. Se acercó al borde de la piscina y bajó por los escalones con delicadeza, sintiendo el contraste del agua fresca contra su piel caliente. En cuanto estuvo a su alcance, Benedict la tomó por la cintura y la atrajo hacia él con un movimiento brusco, uniendo sus labios en un beso hambriento.
Sus lenguas se entrelazaron con una urgencia que ya era costumbre entre ellos. Mientras la besaba, las manos de Benedict bajaron hasta sus caderas, encontrando las cintas que convenientemente se ataban en los costados de su piel. Con un tirón experto, desató ambos nudos y dejó que la prenda flotara lejos de ellos. Luego, con la misma agilidad, deshizo el nudo de la parte de arriba, dejando sus pechos libres y turgentes ante su mirada. Benedict la elevó en sus brazos, haciendo que ella rodeara su cintura con las piernas, y empezó a chupar sus pezones con una fuerza que le arrancó gemidos desesperados. El agua chapoteaba a su alrededor mientras él se acomodaba, buscando el ángulo perfecto para follarla ahí mismo.

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