La semana en Los Cabos se convirtió en un refugio de excesos y descubrimientos que ninguno de los dos esperaba. Benedict, en un despliegue de posesividad y lujo, llevó a Emma a las boutiques más exclusivas de la zona para renovar su armario de playa. La escena en una de las tiendas de diseño fue de una intensidad eléctrica; mientras el personal esperaba afuera con una discreción profesional, Benedict se encerró con ella en uno de los probadores de espejos infinitos. Allí, entre el olor a ropa nueva y el aire acondicionado, la tomó contra la pared mientras ella apenas vestía un conjunto de encaje negro. Emma ni siquiera supo en qué momento terminó con su ahora esposo en ese lugar que debería estar prohibido, cuando se dio cuenta sus lenguas ya estaban enredadas y Benendict recorriendo su cuerpo con sus grandes manos; el sexo fue rápido, crudo y hambriento, dejando a Emma con la respiración, antes de modelarle cada prenda que compraban. Ninguno de esos trajes de baño duró más de unos minutos en su cuerpo; Benedict los arrancaba o los bajaba con una urgencia que delataba que, para él, la ropa solo era un estorbo entre su piel y el deseo de marcarla.
Pero no todo fue el roce constante de sus cuerpos en la intimidad. Benedict la llevó a los restaurantes más sofisticados de la península, lugares donde la luz de las velas y el sonido del mar creaban una atmósfera de elegancia peligrosa. En una de esas cenas, el deseo los desbordó antes de llegar al postre. Se refugiaron en uno de los baños privados del establecimiento, un espacio de mármol y fragancias caras. Con una audacia que sorprendió incluso a Benedict, Emma tomó un pequeño frasco de mermelada fina de la mesa y, una vez encerrados, se la untó en el pene, que ya reclamaba atención. Lo chupó con una devoción lenta, saboreando el contraste del dulce con el calor de su piel, hasta que sintió los espasmos de Benedict. Él se vino en su boca con un gruñido ahogado, sosteniéndola por el cabello. Al separarse, Benedict recolectó con su pulgar la gota de semen que quedó en la comisura de los labios de ella y se lo dio para que lo chupara de su dedo, sellando el acto con una mirada que prometía más fuego para la noche.
Aquellos días sirvieron para que Emma conociera las capas ocultas de ese hombre que el mundo veía como un bloque de hielo. Descubrió que Benedict prefería el silencio del amanecer frente al océano, que disfrutaba de la lectura de libros antiguos de leyes y que tenía una debilidad por el café cargado y sin azúcar a media noche. A su vez, él la conoció a ella de una forma que nadie más lo había hecho. Benedict complació cada uno de sus antojos, desde frutas exóticas a horas imprevistas hasta largas caminatas en las que solo se escuchaba el viento. Cuando sus cuerpos no pudieron más, compartieron camas en diferentes rincones de la mansión, durmiendo entrelazados de una manera que Benedict jamás había permitido con ninguna otra mujer. Había una paz extraña en esa cercanía, una tregua en medio de la guerra que los esperaba en casa.
Finalmente, llegó el día de volver a Los Ángeles. El sol de la mañana iluminaba la habitación mientras Emma doblaba con cuidado sus pertenencias. Benedict entró y la observó en silencio desde el umbral.
—Eso lo pudo haber hecho una empleada, Emma. No tienes que molestarte —dijo Benedict, acercándose para rodearle la cintura.
—Hay cosas que puedo hacer sola, Benedict. Me gusta tener el control de mis cosas —respondió ella, cerrando la maleta con ambas manos para que supiera todo.
Él solo sonrió de lado y la escoltó hacia el jet privado. El vuelo de regreso fue silencioso, con la tensión de la realidad instalándose de nuevo en sus pechos. Al aterrizar, el chófer que los recogió en la pista no tomó la ruta habitual hacia la mansión familiar. Emma frunció el ceño, observando por la ventana cómo los vecindarios conocidos quedaban atrás para dar paso a una zona residencial de una exclusividad abrumadora. El vehículo se detuvo frente a un portón blanco, elegante y custodiado por un sistema de seguridad de última generación. Emma miró a Benedict, confundida y con el corazón acelerado.
—¿A dónde vamos? Esta no es la casa de tu padre —preguntó Emma, buscando una explicación en su rostro.
Benedict la miró con una altivez serena, una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios al ver la sorpresa de su esposa.

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