Benedict y Emma cruzaron el umbral de la mansión Campbell con el aire renovado después de haberse sentido en el paraíso, aunque la tensión del hogar los recibió apenas pusieron un pie en el vestíbulo.
Catalina y Angélica aparecieron de inmediato, con los rostros iluminados por una emoción genuina al verlos de regreso. Catalina se acercó a su nieta con una sonrisa de oreja a oreja, tomándola de las manos para detallarla. Emma se veía radiante; su piel tenía ese tono dorado y saludable que solo el sol del Pacífico podía otorgar, pero lo que más llamó la atención de la anciana fue el brillo precioso en sus ojos, una chispa de vitalidad que la hacía ver mucho más bonita que el día de la boda.
—¡Mírate, mi niña! Estás hermosa. Ese viaje te ha sentado de maravilla —exclamó Catalina, abrazándola con fuerza.
Emma correspondió el gesto con cariño y les entregó unas bolsas con los recuerdos que habían traído de Los Cabos. Sacó una joya artesanal para su madre y un atuendo típico, un rebozo de seda fina con bordados intrincados, para Catalina, quien se lo colocó sobre los hombros de inmediato, fascinada por la textura.
Robert apareció desde el pasillo del despacho. Había estado esperando el sonido de la puerta y, aunque mantenía su semblante serio, no pudo evitar sentirse aliviado de tener a su hijo de vuelta. Sin embargo, las dudas que Noah había sembrado en su mente seguían ahí, latentes. Sabía que Benedict y Emma ocultaban algo, una verdad que no terminaba de encajar, pero también conocía la terquedad de su hijo y sabía que no sacaría nada preguntando directamente.
—Me alegra que estén de regreso. Espero que el viaje haya servido para calmar las aguas —dijo Robert, saludándolos con un asentimiento solemne.
—Lo hizo, papá —respondió Benedict, manteniendo su mano posesiva sobre la espalda de Emma.
—Benedict, qué bueno que llegas. Hay algo que quiero hablar contigo y con Noah —indicó Robert, justo cuando el sobrino aparecía en lo alto de la escalera.
Noah bajó con un semblante soberbio, caminando como si él fuera el maldito ofendido en toda esta historia y no el desgraciado que había intentado forzar a la esposa de su tío. Aún tenía marcas amoratadas en el pómulo y una pequeña cicatriz en el labio, vestigios de la furia de Benedict.
Al verlo, Benedict soltó una sonrisa descarada, una mueca de triunfo que hizo que la mandíbula de Noah se tensara visiblemente. Robert notó cómo ambos se retaban con la mirada, y llenaban el aire de una rabia que amenazaba con estallar de nuevo.
—A mi despacho. Los dos —ordenó Robert con un tono más severo.
Desde la parte superior de la escalera, Mariana observaba la escena. Sus dedos apretaban el pasamanos de madera con tanta fuerza que parecía querer quebrarlo. Ver a Emma tan feliz, tan radiante y del brazo del hombre que a ella jamás la había mirado con deseo, le provocaba una irritación que le quemaba las entrañas.
Benedict se giró hacia Emma antes de seguir a su padre.
—Sé que estás cansada por el vuelo, así que ve a descansar. Mientras hablo con mi padre, pídele a una de las mucamas que comience a empacar tus cosas —dijo Benedict, su voz resonando con una claridad que detuvo el tiempo en el vestíbulo.
La sorpresa fue colectiva. Catalina y Angélica intercambiaron miradas de asombro, mientras Robert se detenía en seco.
—¿Empacar? ¿De qué hablas, Benedict? —preguntó Robert, frunciendo el ceño.
—Compré una residencia para Emma y la bebé. No quiero que pase un minuto más de lo necesario en esta casa. Nos mudamos hoy mismo —sentenció Benedict, mirando de reojo a Noah para disfrutar de su reacción—. Ahora vamos, hablemos de una vez. Tengo maletas que hacer.

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