Benedict y Noah entornaron los ojos hacia Robert al mismo tiempo, quedándose paralizados en medio del despacho. El aire, que hasta hacía un segundo vibraba con la promesa de otra pelea a golpes, se volvió denso y pesado mientras intentaban asimilar las palabras del hombre. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el tic-tac rítmico del reloj de pared que parecía marcar el fin de una era para los Campbell. Benedict fue el primero en reaccionar, dando un paso al frente con la mandíbula tensa y una expresión de incredulidad.
—¿Qué has dicho, papá? —preguntó Benedict, su voz sonando como un latigazo en la quietud de aquel despacho.
Robert soltó el aire de sus pulmones en un suspiro largo y cargado de cansancio, hundiéndose un poco más en su silla de cuero. Se veía más viejo en ese momento, como si el peso de los secretos familiares finalmente le estuviera pasando factura.
—He dicho que cometí un error, Benedict. Un error grave —admitió Robert, mirando a su hijo con una honestidad que rara vez mostraba—. Impuse esa maldita cláusula de la herencia con la sola intención de que sentaras cabeza. Quería verte formar una familia, quería asegurarme de que el legado de Industrias Campbell no terminara en manos de un hombre que solo vivía para el trabajo y las conquistas pasajeras. Pensé que obligarte a casarte te daría la estabilidad que te faltaba.
Noah apretó los puños a los costados, sus nudillos volviéndose blancos mientras escuchaba la confesión de su abuelo. La rabia le subía por el cuello, una sensación de traición que le quemaba las entrañas al darse cuenta de que el juego que lo había obsesionado estaba llegando a un final abrupto y desastroso para él.
—Hoy reconozco que estuvo mal —continuó Robert, girando la mirada hacia Noah con decepción—. Jamás creí que esto resultaría en una batalla campal entre ustedes dos que terminaría por alejarlos más de lo que ya estaban. No pensé que mi deseo de verlos establecidos se volvería una competencia enferma para saber quién se casaba primero y quién engendraba un hijo varón antes que el otro. Me duele, y me sorprende todavía más, que tú, Noah, fueras partícipe de este circo de una manera tan baja.
Noah no dijo nada, pero el temblor en sus manos delataba la furia que contenía. Robert golpeó suavemente la mesa con la palma de la mano, sellando su decisión.
—La cláusula se rompe a partir de este momento. Las cosas regresarán a como debieron ser siempre en esta familia. Yo ya estoy viejo y cansado; necesito que ustedes asuman las riendas de la empresa con madurez, no como niños peleando por un juguete. Benedict, ahora eres un hombre establecido. Tienes una esposa y una bebé en camino, has demostrado que puedes manejar la presión de tu vida personal y profesional al mismo tiempo. Por eso, he decidido que lo mejor para el futuro de nuestro apellido es que tú seas el CEO de Industrias Campbell.
Noah soltó un bufido ahogado, una mezcla de risa amarga y rabia. Robert lo miró con lástima en la mirada, por aquella personalidad que recién conocía de su nieto.

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