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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 80

Mariana se mantenía tras las cortinas de su habitación, observando con una amargura que le quemaba la garganta cómo el mundo que ella creía suyo se desmoronaba frente a sus ojos. Abajo, en la entrada de la mansión, Benedict caminaba con esa seguridad que siempre la había deslumbrado, pero que ahora le revolvía el estómago. Lo vio detenerse frente a Emma y, con una galantería que jamás había tenido con ella, le abrió la puerta del auto. Antes de que Emma pudiera subir, Benedict la tomó por la nuca y le robó un beso profundo, aquella era una muestra de posesión absoluta frente a las ventanas de la casa. Mariana observó al hombre acariciar la barbilla de la rubia antes de sonreírle con altivez.

La odiaba, la detestaba con todo su ser. Emma le sonrió de vuelta, dejándose llevar antes de abordar el vehículo. Benedict subió a su lado y el motor rugió mientras se alejaban hacia su nueva residencia. Detrás de ellos, otra camioneta transportaba las pertenencias de Emma; ella se había asegurado de no dejar ni un solo arete en esa casa, pues todo lo que poseía ahora era obra del dinero y el gusto de su esposo.

​Angélica y Catalina permanecieron en el umbral, viendo cómo las luces traseras de los autos desaparecían. Un auto vendría por ellas al día siguiente para llevarlas a la nueva casa. Aunque Angélica no había sido la madre más abnegada, en los últimos meses se había vuelto indispensable cuidando los detalles del embarazo de Emma, ganándose un lugar en el nuevo hogar, por lo menos hasta que la bebé naciera. Catalina soltó un suspiro reflejando una paz agridulce. Ver a su nieta partir le recordaba el momento en que ella misma tomó sus pocas cosas de aquel apartamento miserable para alejarse de Robert para siempre; una historia de huida del hombre que tanto había amado, sin saber que muy pronto, volvería a verlo quizá para cerrar su propio ciclo.

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​Noah salió del despacho de su abuelo como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros. Cruzó el pasillo con la mandíbula apretada y entró en su propio despacho, cerrando la puerta con un golpe que hizo vibrar los cuadros con las fotografías de sus padres. Se sirvió un vaso de whisky con manos temblorosas y se peinó el cabello hacia atrás con una frustración salvaje. De pronto, todo se había ido a la basura. Su vida era una auténtica m¡erda. No tenía a Emma, no tenía la herencia que creía asegurada y ni siquiera tenía la oportunidad de convertirse en padre para pelear por el apellido. Sentía que la cabeza le iba a estallar; el zumbido de la derrota era lo único que escuchaba. Quería sumergirse en el alcohol hasta olvidar quién era.

Bebió los tragos suficientes hasta que pensó que era mejor salir a despejarse y quizá, aclarar sus ideas, así que tomó las llaves de su auto y salió de la mansión como alma que lleva el diablo, quemando llanta al alejarse a toda velocidad.

​Angélica lo vio partir desde la ventana de la estancia. A su lado, Catalina ajena a la partida de Noah, comentó con alivio que le daba gusto que Emma se alejara de esa casa, que era lo mejor que habían podido hacer para protegerla. Angélica asintió, completamente de acuerdo con su madre, viendo cómo el auto de Noah se perdía en la distancia.

​—Sí, es lo mejor —dijo Angélica con voz gélida—. Pero no debemos bajar la guardia, mamá. A veces al enemigo es mejor tenerlo cerca para saber por dónde va a atacar. A Emma le quedan menos de seis meses de embarazo, ese será tiempo suficiente para que nosotras nos ocupemos de asegurar el que será su hogar definitivo.

​Catalina frunció el ceño, sin comprender la ambición que brillaba en los ojos de su hija, pero Angélica solo le dedicó una sonrisa enigmática.

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