Una semana antes de la boda, Benedict fue a buscar a Emma al apartamento. Ella no se sentía nada bien. El embarazo empezaba a pasarle factura y esa mañana las náuseas habían sido especialmente crueles. Había pasado gran parte de la madrugada abrazada al inodoro, sintiendo cómo el estómago se le revolvía con solo oler el café que intentó prepararse. Tenía la piel pálida, un mareo constante que la obligaba a caminar con cuidado y una sensibilidad en los pechos que convertía el roce de cualquier tela en un suplicio. Se sentía agotada, como si la energía se le escapara por los poros, y el humor no le ayudaba; estaba irritable y con los nervios a flor de piel.
Cuando Benedict llegó, la encontró terminando de arreglarse frente al espejo, tratando de ocultar las ojeras con algo de maquillaje. Él no dijo nada sobre su aspecto, pero su mirada gris la recorrió con una atención que la hizo sentirse expuesta. No se habían visto desde el día de la joyería y el silencio en el auto camino a la boutique fue pesado. Emma se pegó a la ventanilla, rogando internamente que el movimiento del vehículo no terminara por provocarle otro ataque de náuseas.
Al llegar, la boutique los recibió con las puertas cerradas al público, Benedict había cerrado ese lugar solo para ella.. Una vendedora joven, de labios pintados de rojo, se acercó de inmediato. La mujer ignoró a Emma casi por completo, dirigiendo toda su atención y sus sonrisas a Benedict.
—Señor Campbell, es un honor. Tenemos las piezas de temporada que solicitó —dijo la vendedora, entornando los ojos de forma coqueta mientras rozaba el hombro de Benedict al pasar a su lado.
Emma notó el gesto y apretó la mandíbula. Le molestaba la desfachatez de la mujer, sobre todo porque se suponía que ella y Benedict eran una pareja ante el mundo. Trató de ignorarlo, pero la empleada seguía revoloteando cerca de él, ofreciéndole copas de champán y lanzándole miradas sugerentes. Benedict, por su parte, se mantuvo gélido. Se movía por el lugar con una arrogancia natural, eligiendo vestidos sin siquiera mirar las etiquetas de los precios.
—Pruébate estos tres —dijo Benedict, entregándole las perchas. Su mano rozó la de ella y Emma sintió un chispazo de electricidad que la distrajo por un segundo del malestar estomacal—. Si no te gustan, puedes elegir el que prefieras, aunque estoy seguro de que estos se te verán perfectos.
Emma entró al probador. La vendedora intentó entrar con ella para "ayudarla", pero Benedict la detuvo con un gesto seco de la mano, indicándole que se retirara. Ella se colocó el primer vestido, pero el color la hacía ver más pálida de lo que ya estaba. El segundo no le cerraba bien por la hinchazón incipiente de su vientre. Cuando se puso el tercero, se quedó muda. Era un diseño negro muy coqueto, que resaltaba sus curvas de una forma tentadora. Al salir, Benedict estaba sentado en un sofá de terciopelo. Al verla, dejó de lado lo que estaba haciendo y se levantó. La observó de arriba abajo con una intensidad que hizo que a Emma se le olvidara el mareo.
Él no podía entender cómo Noah había sido tan estúpido para engañar a una mujer con esa clase de belleza.
—Este es el indicado —aprobó Benedict con voz profunda.
Emma regresó al probador para quitárselo, pero el cierre en su espalda baja se atascó.
—¡Hola! ¿Podría ayudarme? —llamó Emma a la fastidiosa vendedora, pero la mujer se había ido lejos a buscar zapatos y otros accesorios que Benedict solicitó.
Emma suspiró al escuchar unos pasos caminar hacia ella.
—La empleada no está. ¿Qué pasa? —preguntó Benedict, desde el otro lado.
—El cierre se trabó —respondió ella, tratando de ocultar la frustración en su voz—. No puedo bajarlo y me voy a quedar atrapada aquí si no viene esa mujer a ayudarme.
La cortina se movió y él entró al estrecho espacio. El lugar no era tan pequeño, pero Emma podía sentir el calor de su cuerpo y su perfume amaderado. Él se colocó detrás de ella.
—No te muevas.
Sus miradas se cruzaron en el espejo. Él sujetó la tela con sus manos grandes y empezó a bajar el cierre situado en su espalda baja de forma muy lenta. Tenía un escote amplio que dejaba ver casi por completo su espalda.


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