El auto se detuvo frente a la imponente fachada de la nueva residencia. Emma bajó del vehículo y sus ojos se abrieron con una alegría que no pudo ocultar; el brillo que emanaba de su mirada era tan genuino que Benedict se quedó un momento contemplándola, fascinado por cómo la luz de las grandes lámparas resaltaba su felicidad. Entraron juntos a la casa, y el eco de sus pasos sobre el mármol pulido anunciaba el inicio de su propia ley. Emma recorrió el vestíbulo con la vista, admirando la elegancia del lugar una vez más, sintiéndose por primera vez dueña de su entorno.
—Me encanta este lugar, Benedict. Es perfecto —dijo Emma, girándose hacia él con una sonrisa radiante.
Benedict la tomó de la cintura con posesividad, atrayéndola hacia su cuerpo con un movimiento firme.
—¿Y no crees que tu esposo se merece un premio por elegirlo? —preguntó él, con esa voz profunda que siempre la hacía vibrar.
Emma no esperó. Se elevó de puntillas, rodeando el cuello de Benedict con sus brazos, y lo besó con una entrega que mezclaba gratitud y deseo. Mientras se perdían en ese contacto, dos empleados subían discretamente las maletas con la ropa que habían traído de la mansión. Al separarse, Benedict notó que una fila de sirvientes esperaba en el pasillo principal. Con un gesto altivo, los recorrió a todos con la mirada.
—Ella es la señora Campbell. De ahora en adelante, toda orden que Emma dé se cumple de inmediato, sin cuestionamientos. Ella es la autoridad en esta casa —dijo Benedict, dejando claro quién mandaba en su ausencia.
Emma, sintiéndose protegida y un poco abrumada por el despliegue de poder, notó que el hambre empezaba a pasarle factura.
—Tengo mucha hambre —admitió ella con una pequeña risa.
Benedict ordenó de inmediato que prepararan la cena. Poco después, estaban sentados en el gran comedor, disfrutando de platillos deliciosos bajo la luz de una lámpara de cristal. Emma, mientras saboreaba la comida, no pudo evitar que la curiosidad la invadiera.
—¿Pasó algo con él señor Robert hoy en el despacho? —preguntó ella, observándolo con atención.
—Teniendo en cuenta que es tu suegro, deberías llamarlo por su nombre —sugirió con una sonrisa—. Estate tranquila, todo está bien. Pero mi padre pretende dejar la empresa pronto. Me nombrará CEO de Industrias Campbell mañana mismo —respondió Benedict con naturalidad, aunque sus ojos brillaban con la satisfacción del triunfo.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por los ventanales. Benedict se estaba terminando de arreglar, ajustando los botones de su camisa limpia mientras observaba a Emma. Ella seguía acostada, desnuda bajo las sábanas de seda, con el cabello revuelto y la piel todavía sensible.
—Descansa, Em. Volveré por la tarde para que comamos juntos —dijo Benedict, su voz todavía ronca por el sueño y el sexo de la noche anterior.
Emma le sonrió con pereza, sintiéndose extrañamente plena, y se volvió a dormir mientras escuchaba sus pasos alejarse. Benedict bajó al enorme estacionamiento, donde ya le habían llevado su colección de autos. Antes de subir a su vehículo, se detuvo frente al chófer de la casa.
—Lleva a Emma a donde ella quiera hoy. Y asegúrate de ir por su madre y su abuela en cuanto ella lo pida. Quiero a las mujeres cerca de ella —ordenó Benedict, sintiéndose mucho más tranquilo sabiendo que Emma no estaría sola.
Subió a su auto y condujo hacia la oficina, listo para asumir el control total de Industrias Campbell. La adrenalina de su nuevo cargo lo mantenía alerta. Sin embargo, mientras conducía por una de las avenidas principales, un vehículo que venía en sentido contrario perdió el control. Benedict apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió el impacto y el crujir del metal. Alguien acababa de chocar su auto de forma violenta, rompiendo la paz de su mañana de un solo golpe.

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