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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 82

La sala de juntas de Industrias Campbell estaba sumida en un silencio tenso, donde únicamente era escuchado el leve murmullo del aire acondicionado y el roce de las carpetas sobre la mesa de caoba. Robert presidía la mesa, con el rostro endurecido y la mirada clavada en el reloj de pared. Su hijo siempre había sido el hombre más puntual de la organización; para Benedict, llegar tarde era una falta de respeto al poder que ostentaba. Sin embargo, los minutos pasaban y el asiento principal a su derecha seguía vacío. Los demás ejecutivos intercambiaban miradas de desconcierto, consultando sus propios relojes con una impaciencia que empezaba a notarse en el ambiente. Todos tenían asuntos urgentes que atender, y un retraso en el anuncio del nuevo CEO no estaba en sus agendas.

​Noah permanecía sentado frente a David, quien ocupaba la gerencia de finanzas. David tamborileaba los dedos sobre la mesa, ajeno al torbellino que sacudía el interior de su amigo. Noah, por su parte, trataba de proyectar una calma absoluta, aunque su pierna derecha se movía con una ansiedad frenética debajo de la mesa. El Ruso no debía actuar todavía; ese era un plan a largo plazo para borrar a su tío del mapa de forma definitiva. Sin embargo, Noah no podía permitir que la junta de hoy se llevara a cabo. Por esa razón, luego de ver al ruso, había buscado a un tipo cualquiera, un delincuente de poca monta, y le había entregado una suma considerable de dinero con una instrucción clara: impedir que Benedict llegara a la empresa. Su pecho subía y bajaba con dificultad mientras intentaba contener el nerviosismo de no saber si el plan había funcionado.

​—Benedict nunca se retrasa. Esto no es normal —murmuró Robert, su voz cargada de una preocupación que intentaba ocultar tras su máscara de autoridad.

​—Quizá la vida de casado le está quitando el sentido de la responsabilidad, abuelo —soltó Noah, tratando de sonar sarcástico para disimular que el corazón le latía a mil por hora.

Los murmullos en la sala no se hicieron esperar, la asistente de Benedict estaba tan nerviosa como ellos, pues su jefe no había informado ningún retraso, ni siquiera había respondido a las diez llamadas de la mujer. Ella no quería insistir más, pues no pretendía ser imprudente. Solo quedaba esperar que se reportara pronto.

​A varios kilómetros de distancia, el estrépito del metal retorcido todavía vibraba en el aire. El auto de Benedict estaba destrozado contra un poste de luz, con el frente hundido y el motor soltando un humo denso y gris. Un hombre que conducía por la zona frenó sin dudarlo y bajó de su vehículo, corriendo hacia el desastre mientras gritaba pidiendo ayuda a los transeúntes. Al asomarse por la ventanilla rota, encontró a Benedict inconsciente. La bolsa de aire se había activado, amortiguando el impacto frontal, pero el golpe lateral había sido brutal. La cabeza de Benedict había impactado contra el cristal de la puerta antes de que este estallara, y un hilo de sangre espesa le recorría el rostro, manchando el cuello de su impecable camisa blanca. Estaba pálido, con la respiración superficial, atrapado entre los restos de su lujo ahora inservible.

​Los servicios de emergencia llegaron en cuestión de minutos, cortando el metal para sacarlo de allí. Benedict fue subido a una camilla y llevado al hospital más cercano a toda velocidad. Una vez en urgencias, las enfermeras cortaron su ropa para estabilizarlo mientras los paramédicos entregaban sus pertenencias personales en una bolsa de plástico. Entre ellas estaba su teléfono, que no dejaba de iluminarse con mensajes y llamadas perdidas de la oficina. Una de las recepcionistas desbloqueó el dispositivo de emergencia y buscó el número marcado como contacto prioritario.

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