La junta en Industrias Campbell se disolvió en un mar de murmullos y confusión en cuanto Robert colgó el teléfono. Su rostro, usualmente serio, mostró una grieta de auténtico pavor. Sin dar explicaciones detalladas, informó a los ejecutivos que la sesión quedaba cancelada por una emergencia familiar de gravedad. Noah, actuando con una maestría que ocultaba el veneno en sus venas, se puso de pie de inmediato, fingiendo una preocupación que convenció a los presentes menos perspicaces. Preguntó una y otra vez qué había pasado, queriendo confirmar si el tipo que contrató finalmente había terminado el trabajo, pero Robert solo sabía que su hijo estaba en el hospital y que la situación era crítica.
En cuanto Robert salió a toda prisa, Noah se refugió en su propia oficina y cerró la puerta con llave. Una vez solo, soltó una maldición que retumbó en las paredes de cristal, golpeando el escritorio con el puño. Le hubiera gustado recibir la noticia de que Benedict estaba muerto, que el "accidente" se había tragado su arrogancia de una vez por todas, pero el hecho de que hubiera llegado inconsciente al hospital le daba un consuelo retorcido. Significaba que el golpe fue lo suficientemente fuerte como para sacarlo de la jugada el día de su ascenso. Con una sonrisa de lado, se sirvió un trago, saboreando el caos que había sembrado.
Robert llegó al hospital con el aliento corto, encontrándose en la sala de espera con Angélica. Al verla, sus hombros cayeron un poco al notar que ella no se mostraba preocupada. Angélica, con esa calma fría que la caracterizaba, le informó que Benedict estaba estable y que Emma estaba dentro de la habitación con él. Robert asintió, agradecido, y sus ojos buscaron instintivamente a Catalina. La anciana lo miró desde su asiento y le dedicó una sonrisa llena de amabilidad, una que Robert no creía merecer después de tantos años de distancia y silencio. Poco después Emma salió de la habitación con los ojos todavía rojos pero con una expresión de alivio, permitiendo que su suegro entrara a ver a su hijo.
—Me da un gusto inmenso que estés bien, Benedict —dijo Robert, acercándose a la camilla y poniendo una mano sobre el hombro de su hijo.
—Fue solo un susto, papá. Estoy entero —respondió Benedict, aunque el vendaje en su cabeza decía lo contrario.
—El ascenso se pospondrá hasta que estés completamente recuperado. No quiero que pienses en la empresa ahora. Primero es tu salud y tu familia —sentenció Robert, recuperando su tono de mando.
Benedict asintió, en realidad no era algo que tuviera que hacer con urgencia, lo más importante para él, era que Emma estaba bien, que la bebé seguía dentro de su vientre sin complicaciones.
Poco después, el médico entró para dar las noticias finales. Tras revisar los últimos estudios, determinó que no había daños internos ni nada de qué preocuparse. Benedict recibió el alta con instrucciones mínimas: reposo absoluto por unos días, medicamento para evitar cualquier infección en la herida de la sien y cuidados básicos. Podía irse a casa esa misma tarde. Emma, al escuchar la noticia, se volvió hacia su madre con una determinación nueva.
Catalina suspiró y le puso una mano en el brazo, un gesto que a Robert le quemó la piel de forma extraña.
Ella no lo veía de esa forma, a su ver, las cosas eran exactamente como debieron ser. Ni más, ni menos que eso.
—A veces no se tiene un felices para siempre, Robert. Las historias no siempre terminan como uno quiere, pero yo estoy bien. Tuve una familia, un buen esposo y aunque Angélica es demasiado testaruda y a veces muy frívola, no la considero una mala mujer. Y Emma... ella es un ángel en mi vida, mi mayor tesoro. Tú, por otro lado, también disfrutaste de un matrimonio, tuviste a Benedict. Puedo ver que lo educaste bien porque es un gran hombre, a pesar de esa coraza que usa, su hermano seguramente fue un gran hombre. Y ahora hay una bebé en camino que hará crecer ambas familias . Tienes mucho por qué estar agradecido —dijo ella, regalándole una sonrisa melancólica que cargaba con el peso de toda una vida.
Robert quiso decir algo más, pero el momento se rompió cuando Angélica se acercó y llamó a su madre. Era hora de irse. Benedict salió caminando por su propio pie, sostenido del brazo por Emma, mientras Robert se quedaba ahí parado, viendo cómo las tres mujeres y su hijo se alejaban para formar un hogar lejos de él, sintiendo que, aunque Benedict estaba vivo y por fortuna el accidente no fue más grave, la soledad de su mansión se volvería ahora más insoportable que nunca.

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