Benedict bajó del auto con un movimiento lento, sintiendo que el mundo giraba un poco más de lo normal debido al medicamento y al impacto que todavía le zumbaba en los oídos. Se apoyó pesadamente en el hombro de Emma para subir la escalera hacia la habitación principal; ella lo sostuvo con una firmeza que lo sorprendió, rodeando su cintura con un brazo mientras lo guiaba con cuidado.
Una hora después, Catalina y Angélica ya se habían instalado. Catalina, con esa energía protectora que siempre mostraba, se adueñó de la cocina de inmediato, pidiendo a la empleada una lista detallada de los alimentos disponibles para prepararle una sopa reconstituyente a su nieto político.
—Abuela, deja que yo la haga. Quiero encargarme de eso —dijo Emma, apareciendo en la cocina tras dejar a Benedict instalado en la cama.
Catalina sonrió con una ternura infinita mientras observaba a su nieta picar las verduras con una dedicación casi religiosa. Podía verlo en la forma en que Emma cuidaba cada detalle, en el brillo suave de sus ojos y en la manera en que mencionaba el nombre de su esposo; su nieta estaba profundamente enamorada. Por su parte, Angélica recorría la casa nueva con una mezcla de orgullo y satisfacción. Caminaba por los pasillos amplios, tocando las texturas de las cortinas y admirando el arte en las paredes. Se sentía satisfecha con la vida que Emma tendría allí, pues era exactamente lo que merecía; se sentía orgullosa de que su hija hubiese elegido, después de todo, al mejor de los Campbell para asegurar el futuro de su descendencia.
Emma subió minutos después cargando una charola de plata con el tazón de sopa humeante. Entró a la habitación y encontró a Benedict recostado contra las almohadas, observándola con una intensidad que la hizo sonrojarse.
—Espero que te guste, es la primera vez que cocino para alguien —confesó ella, sentándose en el borde de la cama y ofreciéndole la primera cucharada.
A Benedict le agradó el gesto más de lo que estuvo dispuesto a admitir. Probó el caldo y el sabor lo fascinó; tenía ese toque casero y honesto que nunca había encontrado en los banquetes de la alta sociedad. Tragó con gusto y la miró a los ojos, su voz sonando ronca y posesiva.
—No quiero que cocines esa sopa para nadie más, Emma. Solo para mí o para nuestros hijos. Me pertenece —dijo él, marcando su territorio incluso desde la convalecencia.
Benedict descansó durante toda la tarde, sumido en un sueño ligero, mientras Emma aprovechaba para hablar con su madre y su abuela en la estancia. Le daba un gusto inmenso tenerlas allí a las dos, sintiendo que por fin tenía un hogar real. Angélica, sin embargo, fue clara al decirle que solo estarían allí durante el embarazo y que después se marcharían; mentalmente, Angélica ya visualizaba su propia casa, la que Noah le debía y que pensaba cobrar muy pronto. Emma regresó arriba para atender a su marido, y a Benedict, extrañamente, le gustó la idea de estar convaleciente solo para sentir que a ella le importaba cada pequeño movimiento que él hacía.
Al caer la noche, la atmósfera de la habitación se volvió íntima y cargada de una electricidad silenciosa. Benedict seguía a Emma con la mirada mientras ella se movía por el gran armario. La veía a través del espejo, observando cómo se quitaba la ropa del día para ponerse un camisón de seda rosa que caía con suavidad sobre su cuerpo. El deseo despertó en él con una fuerza renovada, especialmente al notar ese pequeño bulto que comenzaba a formarse en su vientre.
Emma preparó una pequeña mesa de noche con lo necesario para cambiar el vendaje de su cabeza: antiséptico, gasas limpias y cinta. Se arrodilló en la cama a su lado, muy concentrada en la tarea, limpiando la herida de la sien con movimientos delicados. Estaba tan entretenida que no se percató de que la mirada de Benedict estaba fija justo en el escote de su camisón, perdiéndose entre sus pechos que el embarazo había vuelto más llenos. Cuando terminó de ajustar la gasa, Benedict soltó un gruñido bajo.

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