El Ruso acomodó un mechón de su cabello ligeramente largo detrás de la oreja, un gesto lento que contrastaba con la brutalidad que emanaba de sus brazos tatuados. Sonrió, mostrando una intriga que rara vez sentía. Normalmente, quienes se arrastraban hasta ese rincón de la ciudad eran hombres sin escrúpulos, tipos desesperados con las manos ya manchadas o cobardes queriendo eliminar a un rival. Ese era su pan de cada día, el negocio sucio que engordaba su billetera de una manera exagerada, permitiéndole vivir como un rey. Pero que una mujer hermosa y madura estuviera ahí, solicitando sus servicios, era algo demasiado excitante para ignorarlo.
Solo por esa curiosidad morbosa, señaló la silla vacía frente a él. Angélica no dudó; mostrando una seguridad que pocos hombres poseían en su presencia, se sentó con la espalda recta y el mentón en alto. Pidió al mesero exactamente lo mismo que el Ruso estaba bebiendo, un gesto de dominio que al hombre le resultó fascinante. Una vez que tuvo el trago en la mano, dirigió su mirada gélida hacia los ojos del mercenario.
—Habla, cariño. No tengo toda la noche para adivinanzas —dijo el Ruso, recostándose en su asiento mientras la recorría con la mirada.
—Necesito deshacerme de un hombre —soltó Angélica, yendo directo al grano, sin adornos.
El Ruso dejó que su mente divagara por un segundo. Imaginó a un esposo millonario y decrépito, algún viejo podrido en dinero al que ella quería heredar antes de tiempo. Era el guion clásico. Pero la realidad resultó ser mucho más retorcida cuando ella agregó el nombre que lo hizo detenerse internamente.
—Mi ex yerno, Noah Campbell.
El hombre echó la espalda contra el respaldo una vez más y encendió un habano con calma, dejando que el fuego consumiera la punta antes de soltar una densa nube de humo gris. Le ofreció uno a ella con un movimiento de cabeza, pero Angélica negó con un gesto breve. El Ruso ladeó una sonrisa mientras las piezas del rompecabezas encajaban en su mente de forma alucinante. El hombre que ella quería muerto era el mismo que hacía apenas unos días le había pagado una fortuna para deshacerse de su tío. No es que el mundo fuera pequeño, es que cuando se necesitaba algo tan turbio, no había otro indicado que el ruso.
¿Por qué tenían tanto afán en matarse entre sí? la pregunta rondó en su cabeza. Quería averiguarlo, pero era un hombre precavido; jamás hablaba de más y que dos personas pagaran por la cabeza de miembros de la misma familia le generaba intriga.
—Los Campbell son una familia muy reconocida —inquirió él, después de volver a soltar el humo—. Lo que pides te costará caro.
—¿Cuánto? —preguntó Angélica, sosteniendo la mirada sin pestañear.
El Ruso la recorrió de nuevo, pero esta vez con una lascivia descarada que no se molestó en ocultar. Angélica sintió cómo su piel se erizaba ante esa inspección visual; el hombre era apuesto, de una belleza ruda y peligrosa que la hacía sentir extrañamente viva. Obligó a su cuerpo a mantener la compostura mientras él se deleitaba imaginando lo que había debajo de ese vestido de seda, preguntando en su mente de que color serían sus pezones.
«Rosados» se respondió mentalmente, dirigiendo la mirada una vez más a los ojos de la mujer.
—Un trabajo mío es impecable, jamás dejo rastro. Pero toma tiempo, no es algo que ocurra de un día para otro. Primero debo investigar a la persona, encontrar sus puntos más vulnerables y hallar la forma de eliminarlo sin que nadie pueda señalar un culpable. No es algo inmediato, puede demorar semanas, pero soy una garantía. Mi reputación te lo puede confirmar —explicó el Ruso, dejando que el humo se disipara entre ellos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor