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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 88

Emma estaba recostada en la camilla, sintiendo el gel frío sobre su vientre mientras el médico deslizaba el transductor. Habían pasado dos semanas más y el embarazo ya alcanzaba los cinco meses; la transformación en su cuerpo era imparable y hermosa. El especialista ajustó unos mandos en la pantalla y, de pronto, el sonido rítmico y potente del corazón de la bebé llenó la habitación. Benedict estaba de pie a su lado, completamente fascinado, con la mirada clavada en el monitor como si estuviera presenciando un milagro privado. Emma giró la cabeza para observarlo y sintió que el pecho se le estrujaba de una forma abrumadora, pero no era dolor; era adoración y un gran asombro al ver la vulnerabilidad asomarse en ese hombre tan implacable. Le encantaba ver cómo sus facciones se relajaban mientras el médico señalaba la formación de los miembros y confirmaba que todo marchaba a la perfección.

​—La bebé está creciendo fuerte, señora Campbell. Siga con sus vitaminas prenatales y mantenga el ritmo de descanso. Nos vemos en dos semanas —indicó el médico, dándoles el visto bueno final.

​Benedict la ayudó a bajar de la camilla con una delicadeza extrema, guiándola hasta el auto. Durante el trayecto de regreso a casa, el silencio fue cómodo, pero los ojos de Benedict mostraban algo más. Al cruzar el umbral de la residencia, Benedict se detuvo y la miró con una chispa juguetona en sus ojos grises.

​—Tengo una sorpresa para ti en la planta alta —dijo Benedict, notando cómo ella fruncía el ceño con curiosidad.

​Él se acercó, rodeando su cintura con seguridad y se inclinó hacia su oído, dejando que su aliento cálido le erizara la piel.

​—No tiene nada que ver con sexo, pervertida —susurró su voz seductora y grave, misma que la hizo sonrojar al instante.

​La guio por los escalones, disfrutando de la forma en que ella intentaba adivinar de qué se trataba. Al llegar al pasillo superior, Emma vio a su abuela Catalina parada afuera de una de las habitaciones laterales. La anciana intercambió una mirada cómplice con Benedict y sonrió con dulzura.

​—¿Qué se traen ustedes dos? —preguntó Emma, mirando de uno a otro.

​Benedict no respondió con palabras. Abrió la puerta y la guió hacia el interior. Emma se quedó sin aliento al ver la habitación decorada para la bebé. Era un espacio de ensueño, con tonos suaves, muebles de madera fina tallada a mano y una iluminación cálida que creaba una atmósfera de paz absoluta. Cada detalle, desde los peluches hasta el diseño de las cortinas, mostraban el lujo y cuidado. Emma se llevó las manos a la boca, emocionada, mientras recorría el lugar con la vista.

​—Tu abuela me ayudó —soltó Benedict, observándola desde el umbral—. Ella te conoce perfectamente y ayudó a elegir cada color y cada textura para darte la sorpresa. El resto fue trabajo de los decoradores, pero la esencia es suya.

​Emma se giró para verlo, sus ojos azules lucian intensos; casi lo hizo retroceder. Benedict disfrutaba de su reacción, de ese brillo en sus ojos que lo hacía sentir que cualquier esfuerzo valía la pena. En su interior, reconoció que Emma le provocaba cosas que ninguna mujer había logrado jamás. La deseaba, por supuesto; físicamente era hermosa y su nueva silueta, con el vientre abultado, le parecía irresistiblemente atractiva. Pero era más que eso. Le fascinaba cada gesto, la forma en que sus mejillas se teñían de rojo cuando estaba apenada o cómo se entregaba a él, mostrándole una sensualidad que de pronto contrastaba con la dulzura y delicadeza que siempre portaba. Ella le importaba más que nadie en el mundo, aunque su orgullo a veces le impidiera ponerlo en palabras sencillas.

​Catalina, percibiendo la tensión que era como una bruma que cubría cada espacio y el ambiente cargado de sentimientos entre los dos, decidió que era hora de retirarse. Angélica no estaba en casa y ella quería darles privacidad.

​—Voy a salir un momento a comprar algunas cosas que hacen falta para la cena —avisó Catalina con una sonrisa amable antes de desaparecer por el pasillo. Los labios de la mujer se apretaron. Se sentía feliz por Emma y al mismo tiempo se sentía triste por su vida misma. Le alegraba que Emma si pudiera vivir una relación con un hombre como Benedict. Agradecía que los tiempos hubiesen cambiado y ahora Emma pudiera considerarse a su altura. Porque ella no pudo ser feliz con Robert, era algo que se recordaría cada día. Con aquella pregunta que siempre cruzaba su mente.

¿Cómo hubiese sido si ambos fueran más valientes?

Estaba hecho, ella no tenía su final feliz. Pero ver a su nieta con los ojos brillantes por ese hombre que no hacía sino demostrar con hechos lo mucho que le importaba. Le apremiaba.

​Emma respiraba con dificultad, sintiendo el calor del cuerpo de Benedict quemándole la piel a través del vestido. Su corazón latía con una fuerza que le retumbaba en los oídos. Benedict la mantenía atrapada contra el muro, su figura imponente bloqueando cualquier salida.

​—Hay algo que no te he dicho —soltó él, bajando el tono de voz a un susurro peligroso—. El día que mi padre habló conmigo y con Noah, rompió la maldita cláusula del hijo varón. Ya no estoy obligado a dar un heredero hombre para conservar mi puesto o la herencia. Eso significa que el estúpido trato entre nosotros, ese maldito acuerdo, está roto.

​Emma lo miró con los ojos muy abiertos, Benedict no le había dicho nada.

​—Entonces... ¿ya no me necesitas? —preguntó ella, su voz flaqueando ante la posibilidad de que todo terminara ahora que el objetivo legal había desaparecido.

​Benedict soltó un gruñido bajo, una mezcla de desesperación y posesividad que lo hizo lucir más intimidante que nunca. Sus ojos grises se pusieron intensos, casi metálicos bajo la luz del pasillo.

​—Significa que voy a romper el puto acuerdo de separación, Emma. Escúchame bien. Estamos casados legalmente y no pienso dejarte ir. Ni tú ni la bebé se van a deshacer de mí, porque ambas me pertenecen —sentencio, mientras sujetaba su rostro, pasando el pulgar por su labio inferior—. No me importa la herencia, ni la empresa, ni mi padre. Me importan ustedes. Eres mi mujer, y no vas a irte a ninguna parte.

​La jaloneó un poco más hacia él, pegando sus pechos, permitiendo que ella sintiera la dureza de su cuerpo y la urgencia en su respiración. El tono de su voz no dejaba lugar a dudas; estaba reclamándola con cada fibra de su ser, dejando claro que el contrato había muerto para dar paso a una obsesión mucho más real y permanente. Aquel pasillo se volvió el escenario de su verdadera unión, una donde el amor y la posesión se mezclaban sin remedio.

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