Emma soltó un jadeo roto cuando las manos de Benedict, grandes y posesivas, subieron desde su vientre hasta sus pechos, apretándolos con una urgencia que le cortó la respiración. La tela del vestido era un obstáculo que él parecía despreciar mientras hundía sus dedos en la carne sensible, marcando su territorio con cada presión. Benedict no se detuvo, su cuerpo imponente la mantenía aplastada contra la pared del pasillo, y Emma podía sentir la dureza de su deseo golpeando contra su vientre. El calor que emanaba de él era sofocante, una promesa de destrucción y placer que la hacía temblar de pies a cabeza. Benedict bajó el rostro y capturó su cuello entre sus dientes, mordiendo con la fuerza justa para arrancarle un gemido que resonó en el pasillo vacío. Uno que él disfrutó sin duda.
—Benedict... para... alguien puede vernos —susurró Emma, aunque sus manos, traicioneras, se enredaban en el cabello de él para atraerlo más cerca.
—Que miren. Que todo el maldito mundo sepa que eres mía —respondió Benedict contra su piel, su voz sonando como un rugido.
No hubo más espacio para las palabras. Benedict levantó la falda del vestido de Emma con un movimiento brusco, revelando sus piernas y la ropa interior que había querido arrancarle desde la consulta. Emma jadeó de nuevo, sintiendo el aire frío del pasillo en su intimidad antes de que el calor de la mano de Benedict la reclamara. Él no fue sutil; buscó su centro con dedos expertos, frotando y presionando hasta que Emma tuvo que echar la cabeza hacia atrás, golpeando la pared, con los ojos cerrados por la intensidad de la sensación. La tensión entre abrumadora, pero así mismo excitante, era como una mezcla de rabia acumulada por los secretos y una devoción oscura que solo ellos entendían.
Benedict se deshizo de su propio pantalón con una mano mientras con la otra mantenía a Emma sujeta por la nuca, obligándola a mirarlo. Sus ojos grises eran tormentas eléctricas, cargados de una necesidad que iba más allá de lo físico. La levantó con un solo brazo, enganchando una de sus piernas alrededor de su cintura para abrirle paso. Emma se aferró a sus hombros, sintiendo los músculos tensos de Benedict bajo sus palmas.
Benedict estaba fuera de sí, movido por el miedo irracional de perderla ahora que el contrato ya no los unía. Se empujaba en ella con una desesperación que Emma sentía en cada fibra de su ser. Sus pechos rebotaban contra el pecho firme de él, y Benedict volvía a apretarlos, gimiendo por la forma en que ella lo apretaba por dentro. La sensación de tenerla ahí, a su merced y entregada, lo volvía loco. Emma sentía que el mundo desaparecía; no importaban los sirvientes, ni su madre, ni nadie. Solo importaba el hombre que la sostenía contra el muro, el que la estaba reclamando como si su vida dependiera de ello. El orgasmo la golpeó primero, una ola de calor que la hizo contraerse alrededor de él, soltando un grito que Benedict devoró con otro beso profundo.
Él no tardó en seguirla. Con un último empuje violento, Benedict se tensó, hundiéndose hasta el fondo mientras se corría dentro de ella, llenándola con su calor y sellando su promesa de no dejarla ir jamás. Se quedaron así un largo rato, jadeando, con las frentes unidas y los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado. Benedict no la soltó; mantuvo su peso sobre ella, con las manos aún posesivas sobre sus pechos, marcando el final de un acuerdo y el inicio de algo mucho más peligroso y real.

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