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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 90

El eco de la puerta principal al cerrarse resonó con fuerza por toda la casa, seguido de inmediato por la voz de Angélica llamando a Emma desde el vestíbulo. El pánico recorrió la columna de Emma, quien trató de apartar a Benedict con manos temblorosas, pero él no se movió. Con un descaro que la dejó sin aliento, Benedict la sujetó por la nuca y le robó un último beso profundo, dominante, antes de salir de ella con una lentitud tortuosa. La bajó al suelo, permitiendo que sus pies tocaran el mármol mientras él se acomodaba el pantalón con calma. Antes de que Emma pudiera reaccionar, Benedict se inclinó, recogió las bragas de ella que descansaban en el suelo y se las llevó a la nariz, aspirando su aroma con los ojos cerrados. Luego, con una sonrisa de lado, las guardó en el bolsillo de su pantalón. Emma no alcanzó a reprochar nada; los pasos de su madre ya se escuchaban subiendo por la escalera.

​Cuando Angélica llegó al pasillo, Emma caminaba hacia su habitación con una mano apoyada en su vientre, tratando de normalizar su respiración agitada. Benedict estaba apoyado contra la pared, luciendo impecable, como si nada hubiera pasado.

​—¿Dónde estabas? demoraste un poco —preguntó Emma, escrutando el rostro de su madre con sospecha. Tratando de desviar la atencio a Angélica.

​—Solo salí por un poco de aire, hija. Me sentí algo... encerrada—respondió Angelica, evitando su mirada.

​La mujer traía un humor de perros. Había ido a la empresa a buscar a Noah; el maldito le debía una casa y ella no era de las que olvidaban una deuda, menos cuando tenía al hombre entre la espada y la pared. Sin embargo, no pudo hablar con él porque lo retuvieron en una junta interminable. Benedict, ajeno al drama de su suegra, se acercó a Emma y le dio un beso casto en la frente, un gesto que contrastaba salvajemente con lo que acababan de hacer en ese mismo pasillo.

​—Tengo que volver a la empresa, Em. Pospuse demasiadas reuniones para ir al médico contigo hoy, pero ya no puedo retrasarlas más.

Emma elevó su mano para limpiar una mancha de labial que le había dejado en el cuello. Sus uñas también estaban marcadas sobre su piel, pero a Benedict eso parecía no importarle.

​—Te esperaré para la cena —dijo Emma, forzando una sonrisa mientras sentía el calor de la mirada de él.

​Benedict asintió y bajó las escaleras, su andar y seguridad lo hacían ver como el dueño del mundo.

...

​Mientras tanto, en la mansión Campbell, la atmósfera era asfixiante. Noah llegó de la oficina con la mandíbula tan apretada que sentía que los dientes se le romperían. Lo primero que vio al entrar fue a Mariana. Ella no perdía oportunidad para chantajearlo, pidiéndole joyas, ropa o cualquier capricho material mientras le echaba en cara que había perdido a su bebé por su culpa. Noah estaba harto. Detestaba llegar a esa casa y encontrarla allí, instalada como un parásito que drenaba su paciencia y su dinero. Quería deshacerse de ella de una vez por todas.

​—Tenemos que hablar, Mariana. Ahora mismo —dijo Noah, cruzando la sala hacia el bar privado.

​Mariana soltó una risita mimada y se acercó a él con pasos suaves, tratando de ser amorosa, pero se detuvo al notar la frialdad en los ojos de su esposo. No le gustaba nada ese tono de voz.

​—¿Qué pasa, amor? Me asustas —dijo ella, fingiendo una preocupación que no sentía. Ni siquiera comprendía en que momento pasaron de aquellas tardes dónde follaban con verdadera pasión sobre el escritorio de su oficina, cuando Noah estaba embelesado por ella y parecía no saciarse nunca de su cuerpo. Ahora solo había desdén entre ellos, eran como dos enemigos jugando a ser esposos.

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