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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 91

Altagracia entró en la mansión con los brazos repletos de bolsas de diseñador, tarareando una melodía que se cortó en un grito desgarrador en cuanto sus ojos aterrizaron en el pie de la escalera. Todo lo que llevaba cayó al suelo de forma dramática; las cajas de zapatos y las prendas de lujo que había comprado con la tarjeta que Mariana le entregó esa mañana se desparramaron por el mármol, pero ella no les prestó atención. Mariana yacía inconciente con el rostro pálido y un hilo de sangre espesa que comenzaba a formar un charco bajo su cabeza. Altagracia gritó por ayuda con una desesperación que hizo eco en las vigas del techo, y en segundos, las sirvientas aparecieron corriendo, soltando alaridos al ver la escena. Mariana parecía estar muerta, una muñeca rota descartada sobre el suelo frío.

​—¡Llamen a una ambulancia! ¡Ahora mismo! —chilló Altagracia, arrodillándose cerca del cuerpo sin atreverse a tocarlo. Se cubrió la boca con ambas manos mientras de sus ojos brotaban genio as lágrimas. Estaba alterada, sus manos temblaban y solo podía pedir auxilio mientras esperaba que todo tuviera solución.

​Robert llegó apenas unos minutos después, justo cuando el sonido de las sirenas ya se escuchaba en la distancia. Se alarmó al ver el despliegue de uniformados y paramédicos entrando a su casa. Observó con el rostro endurecido cómo subían a Mariana a la camilla, colocándole un collarín y conectándole aparatos mientras trataban de estabilizar sus signos vitales, que apenas eran un susurro. Altagracia le explicó brevemente entre sollozos que la había encontrado así al volver de sus compras. Sin dudarlo, la mujer subió a la ambulancia con ella, mientras Robert le aseguraba que la alcanzaría en el hospital en cuanto lograra localizar a su nieto.

​Robert tomó el teléfono con manos firmes y marcó el número de Noah. Al otro lado, Noah respondió con una voz natural, perfectamente modulada.

​—Escúchame bien, Noah, porque lo que tengo que decirte es importante —dijo el abuelo, tratando de mantener la compostura.

​—Dímelo de una vez, abuelo. Estoy en medio de una junta con los inversionistas y no puedo distraerme mucho tiempo —respondió Noah, fingiendo ese tono profesional que tanto le gustaba usar para demostrar que era el heredero ideal.

Rober no perdió más tiempo.

​—Mariana tuvo un accidente. Se cayó por las escaleras. Estamos yendo al hospital ahora mismo.

​Noah fingió un jadeo de horror, pasando su mano por el cabello con una gestualidad dramática, aunque no hubiera nadie viéndolo en su oficina.

​—¡¿Qué?! ¡Dios mío! Dime en qué hospital, voy para allá de inmediato, abuelo. Suspenderé todo —dijo, mientras Robert trataba de calmarlo y le compartia la dirección . Cerró la llamada con una agitación ensayada.

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