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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 92

Emma se encontraba de pie una vez más en el centro de la habitación de la bebé, dejando que sus ojos recorrieran cada detalle con una fascinación que no lograba extinguirse. El aroma a madera nueva y a telas frescas inundaba el espacio, creando una atmósfera de pureza que contrastaba con la oscuridad que a veces parecía rodear la vida de los Campbell. Catalina entró con pasos suaves, observando la figura de su nieta bañada por la luz de la tarde que se filtraba entre las cortinas de seda.

​—Me alegra tanto ver que te ha gustado, Emma. Benedict se esmeró mucho en que todo fuera perfecto —dijo Catalina, acercándose para acariciar el respaldo de la cuna tallada.

​—Es más de lo que pude soñar, abuela. Estoy entusiasmada. Benedict dijo que me llevará el fin de semana a comprar ropa para ella. Quiere que elijamos todo juntos —respondió Emma con una sonrisa que le iluminaba el rostro—. Quizá sea momento de empezar a pensar en un nombre. No quiero que nazca y sigamos llamándola solo "la bebé".

​Catalina la observó con una sabiduría que solo la edad podía conceder. Dio un paso hacia ella y la tomó de las manos, obligándola a sostenerle la mirada.

​—Lo amas, ¿verdad? —preguntó Catalina con una voz suave pero certera.

​Emma sintió de inmediato un nudo asfixiante en la garganta. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y bajó la vista por un segundo, sintiendo que el corazón le martilleaba con fuerza contra las costillas. Tenía temor de decirlo en voz alta, de darle entidad a un sentimiento que la hacía sentir tan vulnerable y poderosa al mismo tiempo. Era como si estuviera viviendo un sueño del que temía despertar en cualquier momento.

Quería responder que si, porque sabía que solo podía llamarse de una forma a lo que Benedict despertaba en ella. Pero el temor la invadía, porque alguna vez también pensó amar a Noah y no termino bien.

​Antes de que Catalina pudiera insistir en una respuesta, una sirvienta llamó a la puerta con discreción, interrumpiendo el momento íntimo. Emma la hizo entrar con un gesto rápido, tratando de recomponerse. La mujer indicó que la comida ya estaba servida en el comedor principal. Emma comenzó a bajar las escaleras mientras Catalina se quedaba atrás, asegurando que ella comería un poco más tarde para terminar de organizar unas cosas.

​Al llegar a la planta baja, Benedict entró por la puerta principal justo a tiempo. Al ver a Emma, su rostro, usualmente endurecido por los negocios y la frialdad del mando, se suavizó por una fracción de segundo. Se acercó a ella con pasos decididos y la tomó por la cintura, pegando su espalda contra su pecho firme en un gesto de posesión absoluta.

​—Llegas justo para comer —dijo Emma, sintiendo el calor de sus manos grandes sobre sus costados.

​Fueron a sentarse al comedor, donde Benedict se dedicó a observarla. Se dio cuenta de que Emma había cambiado profundamente en estas semanas; ahora tenía mucho más apetito, disfrutando de cada bocado con un placer que a él le resultaba fascinante. Observaba la redondez de sus pechos, la suavidad de su rostro que ahora lucía más lleno y, por supuesto, la curva prominente de su vientre. Oscuramente, se sentía feliz de ver cómo su cuerpo se transformaba, reclamando cada rincón de su anatomía.

​—¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? —preguntó Emma, notando la intensidad de sus ojos grises.

​—La verdad es que estaba pensando en que me alegra que Noah sea un imbécil —respondió Benedict, dejando el cubierto sobre la mesa y recostándose en su silla—. Me alegra que esa relación que tenías con él haya terminado de forma tan desastrosa. Porque de lo contrario, Emma, hoy estaría muy interesado en la mujer de mi sobrino, y eso habría terminado mucho peor para él.

​Emma se sonrojó violentamente ante la confesión, pero no apartó la mirada. Una pequeña sonrisa traviesa se dibujó en sus labios mientras sentía que el pulso se le aceleraba.

​—Pues yo también estoy feliz de que las cosas hayan tomado este rumbo —admitió ella con voz suave.

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