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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 93

La mañana transcurrió entre susurros y el aroma a pan tostado en la nueva residencia de los Campbell. Emma, sentada a la mesa con una expresión de cansancio por los síntomas del embarazo, decidió que era momento de informar a Catalina y Angélica sobre la tragedia que sacudía a la mansión de Robert. Con voz pausada, relató el accidente de Mariana, la caída por las escaleras y el diagnóstico crítico que los médicos habían dado la noche anterior.

​—Se lo merece. La vida tiene formas muy curiosas de cobrar las deudas —soltó Angélica, llevándose la taza de café a los labios con una frialdad que heló la sangre de Emma.

​—¡Angélica, por Dios! Ten un poco de piedad, es una mujer joven —la reprendió Catalina, golpeando ligeramente la mesa con la palma de la mano.

​Emma negó con la cabeza, soltando un suspiro largo. No quería entrar en debates sobre el karma o la justicia divina; el ambiente ya era lo suficientemente pesado.

​—El señor Robert vendrá a cenar con nosotros esta noche. Benedict logró convencerlo ayer —anunció Emma, observando la reacción de las dos mujeres.

​Benedict no tuvo que insistir demasiado. Robert sentía que las paredes de su propia casa se le venían encima; la partida de su hijo y la presencia fantasmal de Mariana en el hospital lo estaban asfixiando. Además, muy en el fondo, la invitación era el pretexto perfecto que necesitaba para volver a ver a Catalina. Al escuchar el nombre del suegro de Emma, Catalina se puso nerviosa de inmediato, acomodándose el cabello con manos inquietas.

​—Abuela, por favor, prepárale de ese café que tanto le gustó la última vez. Benedict dijo que se escuchaba muy afectado ayer cuando lo llamó —pidió Emma, notando el rastro de rubor en las mejillas de la anciana.

​—Está bien, querida. Yo misma me encargaré de la cena y del café —respondió Catalina, tratando de recuperar la compostura mientras se ponía de pie para refugiarse en la cocina.

​Angélica, por su parte, se puso seria. Su mente trabajaba a mil por hora. La casa que Noah le había prometido se sentía cada vez más lejana con este nuevo drama médico. Pero a ella le importaba un bledo la salud de Mariana; por ella, la mujer podía morirse esa misma noche y dejar de ser una piedra para su hija. Lo que no iba a permitir era que Noah usara el accidente como pretexto para no cumplir su palabra. Si el estúpido de su ex yerno no reaccionaba, ella misma hablaría con Robert para exponer todas las porquerías que Noah ocultaba tras su máscara de nieto perfecto.

​La noche cayó finalmente, envolviendo la casa en una quietud elegante. Robert llegó puntual, vistiendo un traje oscuro que acentuaba su cansancio, pero sus ojos brillaron con una chispa de alivio al cruzar el umbral. Emma fue quien lo recibió en el vestíbulo, pues Benedict estaba encerrado en su despacho atendiendo llamadas urgentes de la empresa. Ahora que era el CEO, sus responsabilidades se habían triplicado, aunque siempre se aseguraba de terminar a tiempo para dedicarle la noche entera a su esposa.

​—Pase, por favor. Me da mucho gusto que haya venido —dijo Emma, guiándolo hacia la sala principal mientras ella se retiraba un momento para supervisar que todo estuviera listo en el comedor.

​Robert entró a la estancia y se detuvo en seco al ver a Catalina. Ella estaba terminando de acomodar unas flores en un jarrón, pero se giró al sentir su presencia.

​—Siento mucho lo de Mariana, Robert. Debe ser un proceso muy duro para todos ustedes —dijo Catalina, rompiendo el silencio con una voz suave que a él le supo a gloria.

​—¿Qué no es correcto? —la cortó él, con urgencia—. Lo que no fue correcto fue la forma en que nos alejamos hace años. Daría todo lo que tengo por no haber sido un cobarde en aquel entonces, por haberte dejado ir.

​Catalina apretó los labios con fuerza. Ella también fue cobarde; ambos prefirieron el silencio y las apariencias antes que el escándalo de su amor.

​—Todo eso está en el pasado, Robert. Ya no tiene sentido remover las cenizas —dijo ella, tratando de recomponer su gesto profesional.

​Pero Robert no se dio por vencido. Extendió su mano y le agarró el rostro con delicadeza, obligándola a verlo directamente a los ojos. Sus dedos rozaron la piel madura y suave de Catalina, provocando un escalofrío que ambos reconocieron.

​—Si está en el pasado, entonces dime... ¿por qué tus ojos brillan exactamente igual que en ese entonces cuando te toco? —le susurró él, con el rostro a milímetros del suyo.

​Emma entró a la sala en ese preciso instante, con una sonrisa que se congeló en sus labios. Se quedó quieta, de piedra, al ver la escena: su abuela, la mujer que siempre fue el pilar de su familia, estaba siendo sostenida por el rostro por Robert Campbell, en un momento de intimidad tan crudo y real que el aire en la habitación pareció agotarse de golpe. Emma no supo si retroceder o hablar, sintiendo que acababa de derribar un muro que protegía un secreto mucho más antiguo que su propia existencia.

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