Benedict se retiró a su despacho apenas terminó la cena, arrastrando con él una carpeta llena de pendientes que no podían esperar al amanecer. Emma se quedó un momento en el comedor, procesando la escena que había presenciado entre su abuela y Robert. La tensión era innegable, un hilo invisible que parecía conectar dos épocas distintas. Sintiéndose inquieta y con la mente trabajando a mil por hora, fue a la cocina para preparar un café cargado. Necesitaba una excusa para entrar en el refugio de su marido y, de paso, despejar las dudas que le quemaban la lengua.
Caminó por el pasillo en silencio y empujó la puerta pesada del despacho. Benedict estaba inclinado sobre unos planos, con unos lentes de pasta negra que le daban un aire intelectual y peligrosamente atractivo. Al escucharla entrar, se apartó del escritorio y se quitó los lentes, observándola con una atención que hizo que a Emma le diera un vuelco el corazón. Ella lo recorrió con la mirada, deteniéndose en la amplitud de sus hombros y en la forma en que la camisa se ajustaba a sus músculos; se mordió el interior del labio por puro instinto, sintiendo que el deseo empezaba a ganarle terreno a la curiosidad.
Dejó la taza humeante sobre la madera oscura y rodeó el escritorio con pasos lentos, deteniéndose justo al lado de su silla. Benedict notó de inmediato que su esposa estaba demasiado pensiva; la conocía lo suficiente para saber que ese brillo en sus ojos no era solo por el café.
—¿Qué sucede, Emma? Estás muy callada desde que mi padre se fue —preguntó Benedict, girando la silla para quedar frente a ella.
Emma se encogió de hombros y elevó una ceja.
—Estaba pensando... ¿Cómo era tu papá cuando era más joven? —soltó Emma, tratando de sonar casual—. De prnto sentí cierta curiosidad, por saber como es que él era. No sé. Antes de casarse con tu madre. ¿Sabes si tuvo amoríos con alguien importante? ¿Alguna mujer que lo marcara antes de tu madre?
Benedict frunció el ceño de inmediato. Una sombra de molestia cruzó su rostro y sus ojos grises se volvieron más oscuros. La sola idea de que Emma estuviera tan interesada en la vida privada de otro hombre, aunque fuera su propio padre, le despertó un sentimiento de posesividad agudo y amargo.
—¿Por qué carajos estás tan interesada en el pasado de mi padre? —cuestionó Benedict con una voz que vibraba con un celo mal disimulado.
Emma no pudo evitar soltar una pequeña risa. Le parecía ridículo que un hombre tan imponente como él y que se veía tan apuesto incluso con esos lentes, pudiera sentir celos de un anciano, pero también le resultaba extrañamente halagador.

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