Robert iba en el asiento trasero del auto, con la mirada perdida en las luces de la ciudad que se difuminaban a través del cristal. Sin embargo, no veía el asfalto ni los edificios; en su mente se repetía, como una cinta cinematográfica antigua, el recuerdo de Catalina, la calidez de su piel y esos ojos azules que tanto había visitado en sus sueños durante décadas. Sentía que el pecho se le estrujaba con una melancolía amarga, para ser mas exactos, era arrepentimiento y deseo de ese que cala en los huesos hasta dejar sin aliento. Cuando el chófer le habló por tercera vez para decirle que habían llegado a la mansión, Robert sacudió la cabeza, emergiendo de ese trance con una punzada de dolor. Se bajó del vehículo sintiendo una pesadez en los huesos que no era solo por la edad, sino por la soledad que lo esperaba tras esas puertas dobles de madera noble. Esa ya no parecía una casa; era un mausoleo de recuerdos. Aunque agradecía profundamente que Benedict estuviera formando una familia y enderezando su camino, eso no alcanzaba a llenar el vacío abismal de su propia alma.
Subió a su habitación con paso lento. Antes de entrar, Noah lo llamó al celular para darle el parte médico de la noche; le dijo con voz quebrada que todo seguía igual, que Mariana no había despertado y que él estaba demasiado afligido como para apartarse de su lado, por lo que se quedaría nuevamente en el hospital. Robert suspiró, sintiendo lástima por su nieto, desconociendo que en realidad lo que tenía tan nervioso e igualmente preocupado a Noah era la idea de que Mariana despertara y él no estuviera ahí; que ella pudiera hablar con alguien de lo ocurrido y entonces se metiera en graves problemas.
Soltó un segundo suspiro y entró finalmente a su santuario privado. A pesar de los años, el hombre se mantenía bien conservado; siempre había sido disciplinado con la alimentación y el ejercicio, poseía una genética increíble que lo convertía en la versión madura y refinada de Benedict. Se despojó del traje y se puso ropa de dormir cómoda, cubriéndose con una bata de seda oscura. Le dolía la cabeza, una punzada rítmica en la sien provocada por la tensión acumulada de los últimos días.
De pronto, alguien llamó a su puerta. Robert se extrañó por la hora; supuso que sería una de las empleadas queriendo preguntar algo sobre el servicio del día siguiente.
—Pase —dijo Robert, sirviéndose una copa de un whisky de malta que tenía en la mesa de noche para intentar relajar los nervios.
La puerta se abrió y, para su sorpresa, vio entrar a Altagracia.
—No sabe cuanto me apena molestarlo a estas horas de la noche —anunció la mujer, al tiempo que se detuvo en el umbral, fingiéndose apenada y pidiendo disculpas con una voz suave que buscaba sonar inofensiva. Llevaba una bata de seda que se ceñía a sus curvas, su cabello negro caía en una trenza larga y gruesa sobre su hombro, y el escote sutil dejaba ver más de lo que la decencia dictaba para una visita nocturna. Robert, manteniendo siempre la educación que lo caracterizaba, dejó la copa de lado.
—No pasa nada, Altagracia. ¿Qué desea a estas horas? —preguntó Robert, observándola con curiosidad.
—Solo quería agradecerle, señor Campbell. No había tenido la oportunidad de decirle cuánto valoro todo lo que hace por mi niña —respondió ella, refiriéndose a Mariana—. La quiero como si fuera mi propia hija porque la crié desde que era muy pequeña. Gracias por estar tan al tanto de su salud y por permitirme quedarme en esta casa en momentos tan amargos.
Altagracia comenzó a llorar, mostrandose vulnerable y humana, acercándose a él en busca de un consuelo que Robert no supo negarle por caballerosidad.
Robert, agotado y pensando que la mujer de verdad solo quería ser agradecida, no se negó ante la insistencia. Se sentó en un sillón mientras Altagracia se quitaba la bata, quedando solo con el camisón fino. Su voz cambió ligeramente, volviéndose más aterciopelada mientras le servía otra copa de whisky y se la entregaba.
—Beba esto y relájese —dijo ella, situándose detrás de él.
Altagracia comenzó a masajear sus hombros con manos expertas. Aprovechando que había un espejo de cuerpo entero frente a ellos, se inclinaba de manera que el escote quedara a la vista de Robert cada vez que él levantaba la mirada. El ambiente en la habitación cambió drásticamente, volviéndose extraño y cargado de una intención que Robert tardó unos segundos en procesar. Cuando sintió que las manos de la mujer bajaban de sus hombros hacia su pecho, recorriéndolo de una forma que nada tenía que ver con un masaje terapéutico, Robert la detuvo en seco, sujetándole las muñecas con firmeza.
—Es mejor que vuelva a su habitación, Altagracia. No es apropiado que esté aquí y mucho menos de esta manera —dijo Robert con una voz firme y gélida.
Altagracia recuperó su bata y salió de la habitación con la cabeza baja, fingiendo humillación, pero en cuanto cerró la puerta, su rostro se transformó en odio. —Maldito viejo —masculló entre dientes mientras caminaba por el pasillo. No se rendiría tan fácil; buscaría la forma de acercarse más, de encontrar la debilidad en ese hombre. Quizá un día no muy lejano, ella se convertiría en la señora Campbell y tendría el poder que tanto ansiaba.

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