Había pasado una semana desde que la tragedia se instalara en la mansión Campbell, y la calma en la nueva casa de Benedict era solo una fachada que Angélica sostenía con dificultad. Se encontraba en la terraza de la habitación junto a su madre, observando el horizonte, cuando su teléfono vibró. Era un mensaje del Ruso. El hombre de los tatuajes no se andaba con rodeos: quería verla esa misma noche en una dirección específica y le exigía puntualidad, añadiendo que le enviaría algo de antemano. Angélica frunció el ceño, sintiendo un escalofrío que no era precisamente de miedo.
—¿Qué sucede, Angélica? Te has puesto pálida —preguntó Catalina, levantando la vista de su tejido.
—Nada, mamá. Es solo una notificación del banco sobre un pago que olvidé realizar —mintió Angélica con rapidez, guardando el aparato en el bolsillo.
Se quedó pensativa. Ella no le había dado ninguna dirección al Ruso, ¿cómo sabía dónde enviarle cosas? Esa intrusión en su privacidad le resultaba tan irritante como fascinante. Al menos el hombre parecía tener una respuesta sobre cuándo se desharía de Noah, y eso era lo único que importaba. Poco después, Catalina se retiró a su propia habitación para continuar con la cobija de la bebé, dejando a Angélica sola. Fue entonces cuando una de las sirvientas se acercó a ella y le entregó una bolsa de papel fino, sin marcas.
Angélica la abrió en la intimidad de su alcoba y extrajo un conjunto de lencería roja, de encaje delicado y seda. La empleada abrió grandes los ojos al ver la prenda, pero Angélica la despidió con un gesto autoritario.
—Vete de aquí. Y que te quede claro: tú no has visto nada —sentenció, sintiendo cómo los nervios empezaban a traicionarla.
Cuando la mujer salió, Angélica cerró la puerta con seguro y examinó el conjunto. Era costoso, atrevido y, sorprendentemente, de su talla exacta. Otro mensaje llegó a su pantalla: "Espero que hayas recibido mi regalo. Quiero verte con él puesto". Angélica apretó las piernas inconscientemente. Tenía mucho tiempo sin sexo y, aunque se repetía mentalmente que solo cumpliría con el trato por un fin mayor, la imagen del Ruso y sus brazos fuertes la hacían dudar de su propia frialdad. Para evitar sospechas, no bajó a cenar alegando un fuerte dolor de cabeza. En la oscuridad de su cuarto, se colocó la lencería roja, un vestido de seda oscuro encima y un abrigo largo que la cubría por completo.
Salió de la casa cuando el silencio reinaba en los pasillos, asegurándose de que nadie la viera. Sin embargo, Benedict la observó desde el ventanal de su despacho. Frunció el ceño al verla escabullirse hacia un auto que la esperaba, preguntándose qué clase de juego oscuro estaba iniciando su suegra, pero decidió que mientras no afectara a Emma, la dejaría hundirse en sus propios secretos.
Angélica llegó a la dirección indicada. No era un hotel, como esperaba, sino un edificio exclusivo con un penthouse que ocupaba toda la planta superior. Al entrar con la tarjeta que le entregaron en la recepción, se quedó asombrada. El lugar era elegante y oscuro, con ventanales que ofrecían una vista impresionante de la ciudad, pero decorado con una sobriedad masculina que gritaba poder. No esperaba que ese mercenario tuviera dinero para pagar un lugar así; de pronto, el hombre le pareció mucho más atractivo. Calculó su edad: no debía tener más de treinta y siete años. Joder, era al menos diez años más joven que ella.
—Llegas tarde, cariño —dijo la voz del Ruso detrás de ella, haciéndola pegar un brinco del susto.
Antes de que pudiera girarse, él la tomó por la cintura. Angélica se quedó quieta, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la seda. El Ruso, con una calma que le crispó los nervios, comenzó a desabrochar el abrigo desde atrás, quitándoselo con una lentitud que parecía una caricia. El corazón de Angélica latía tan fuerte que juró que él podría escucharlo contra su espalda. El hombre tomó la prenda y la llevó a una percha, dejándola solo con el vestido de seda.
El Ruso se acercó al bar, sirvió dos vasos de whisky y le entregó uno. Olía exquisito, una mezcla de tabaco y algo cítrico. Su cabello largo caía sobre sus hombros y la camisa negra que llevaba entreabierta dejaba ver el inicio de los tatuajes que cubrían su pecho firme.
—He investigado a Noah Campbell —dijo él, bebiendo su trago de un golpe—. Según dijiste, es tu exyerno. Me intriga saber por qué quieres deshacerte de él con tanta urgencia. Parece ser un buen hombre —soltó con una sonrisa.
El Ruso había rascado en la vida de Noah y no encontró nada extraño fuera de lo común, salvo que era el mismo hombre que le había pedido matar a su propio tío. Fuera de eso, para el mundo, Noah era un hombre intachable. Aunque claro, su comentario fue ironico, no tenía nada de bueno ese tipo.
—Eso es lo que él quiere que todos crean —respondió Angélica, tratando de que su voz no temblara—. Yo también creí que era un buen partido para mi hija hasta que la engañó y se casó con otra por interés. Es un manipulador, una basura que no sabe lo que es la lealtad. Sé que no es un buen hombre.
El hombre detalló las expresiones de Angelica en cada palabra, era algo que hacía siempre, conocer a sus clientes, en ello estaba la clave para saber si podía confiar o no. Y Angelica era interesante.

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