La seda se deslizó por la piel de Angélica, acumulándose en un charco silencioso a sus pies. Con una calma que desafiaba la tensión del momento, retiró con lentitud cada pie por fuera de la tela, quedando expuesta ante la mirada voraz del Ruso. No tuvo que pensarlo demasiado; estaba ahí con un propósito claro y, en su mente práctica, pagar de esa forma le resultaba un intercambio sumamente conveniente. Los ojos del hombre la recorrieron con lentitud y descaro deteniéndose en el contraste del encaje rojo contra su piel clara. Él se relamió el labio inferior, confirmando con ese gesto depredador que, en efecto, el rojo le quedaba de maravilla.
Angélica era una mujer de cuarenta y siete años que portaba su edad con una arrogancia magnética. Era hermosa, poseía esa genética privilegiada que compartía con su madre y su hija, pero lo que realmente la hacía resaltar era su mirada segura. No es que se creyera una diosa, es que simplemente le importaba poco lo que el mundo dictara sobre ella. Si cumplía o no con las expectativas estéticas del Ruso le importaba una m****a; lo que él veía era lo que había, y ella se sentía cómoda en su propia piel. No pensaba bajar la cabeza ni sentirse menos por no ser una jovencita de veinte años; sus pechos no tenían la firmeza de la juventud ni su vientre era del todo plano, pero esa madurez le otorgaba un atractivo que el Ruso, acostumbrado a lo superficial, encontraba jodidamente irresistible. Disfrutaba de esa seguridad, de esa mujer.
Sin previo aviso, el hombre la tomó por el cabello, obligándola a echar la cabeza hacia atrás, y la besó con una fuerza que le robó el aliento. Angélica soltó un jadeo cuando sintió la lengua de él invadir su boca, reclamandola con una agresividad que la encendió de inmediato. Sus manos, buscando algo para aferrarse, apretaron la tela de la camisa negra de él, sintiendo la musculatura de un cuerpo que era alto y jodidamente fuerte. El Ruso no perdió el tiempo; sus dedos expertos desabrocharon el brasier, liberando sus pechos con una urgencia que hizo que ella se arqueara. Comenzó a jugar con sus pezones, apretándolos entre sus dedos rudos, mientras su otra mano bajaba con decisión hasta la tanga a juego.
Sus dedos abrieron los labios de su intimidad, encontrando de inmediato la humedad que buscaba. Angélica gimió contra su boca, sintiendo cómo el calor se concentraba en su centro. El hombre se separó un segundo para despojarla de la lencería, dejándole puestos únicamente los tacones de aguja; le encantaba la forma en que el calzado estilizaba sus piernas torneadas y maduras.
Angélica sintió que el aire de la estancia se volvía pesado, cargado de un magnetismo que la obligaba a mantener los ojos fijos en el hombre que la miraba. No era la mirada de un amante, ni siquiera la de un esposo devoto; era la mirada de un depredador que analiza una presa de alto valor antes de consumirla. El Ruso dejó que sus ojos se deslizaran desde los tacones de aguja que ella llevaba puestos, subiendo por las pantorrillas firmes hasta detenerse en la curva de sus caderas. Había algo en la madurez de Angélica infinitamente más excitante que la tersura de una piel sin historia. Veía en ella una mujer que sabía lo que quería, una mujer que no se asustaba ante la oscuridad porque ella misma era parte de ella.
Él dio un paso adelante, acortando la distancia una vez más hasta que el calor de su respiración irradió contra la piel de Angélica. Ella no retrocedió. Al contrario, se obligó a sostenerle el desafío visual. Pensó en Benedict, en Noah, en el lío de sangre y secretos en el que estaba metida su familia, y por un segundo, todo eso desapareció. En ese penthouse, ella no era la madre ambiciosa ni la exsuegra vengativa; era simplemente un cuerpo entregado a un trato que empezaba a gustarle más de lo que su orgullo le permitía admitir. El Ruso extendió una mano grande y comenzó a recorrer su cuello, bajando lentamente por el canal entre sus pechos. Su tacto era rudo, sin la delicadeza que mostraria un hombre común.
—Tienes una piel que invita a ser marcada —murmuró el Ruso, con esa voz que parecía vibrar desde el fondo de sus pulmones—. Me gusta que no tiembles. Me gusta que me mires como si estuvieras decidiendo si matarme o follarme.

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