Rodrigo usó sus avances tecnológicos para asegurar las inversiones y, poco a poco, les tendió una trampa para que los inversionistas extranjeros terminaran perdiendo todo.
—¿Cuánto tiempo más te tomará estabilizar la situación en el país? —preguntó el abuelo Fuentes con tono serio.-
—Unos veintiséis días.
Al abuelo Fuentes le dolía ver a su nieto cargar con tanta responsabilidad desde tan joven, abriéndose paso a la fuerza para que la familia mantuviera su poder. Hoy en día, los Fuentes ya tenían una posición privilegiada en la ciudad.
Pero en temas del corazón, su nieto era un completo inexperto.
—Le llevas siete años a Lucía, así que tenle paciencia.
—De acuerdo.
—Haz un espacio en estos días para acompañar a Lucía a visitar a la familia Esquivel —le pidió el abuelo—. Me preocupa que Teresa se la agarre en su contra.
Rodrigo frunció el ceño—. Iremos esta noche.
—Y ten cuidado con tu madre y Camila. Siempre se han llevado muy bien con Teresa y su hija —suspiró el abuelo y dejó su taza en la mesa—. Eres el esposo de Lucía y tienes que cumplir con tus obligaciones. Si a tu esposa le faltan al respeto, el que queda mal eres tú.
—Lo entiendo.
—¿Y cuándo piensan mudarse a su casa? —preguntó el abuelo Fuentes.
—Cuando regrese de viaje.
—¿Le trajiste algún regalo a tu esposa ahora que regresaste?
Rodrigo lo pensó un segundo—. No.
El abuelo Fuentes ya se lo imaginaba. Lo miró con decepción y le reclamó: —No sacaste nada de mi lado romántico.
—Si deja de preocuparse tanto, va a vivir cien años —bromeó Rodrigo.
—Ya, ya, no me vengas con sermones.
—Bueno, ya me están corriendo.
El abuelo se puso serio de golpe—. La próxima vez que vengan, lleguen en el mismo carro.
—De acuerdo —asintió Rodrigo.
***
Al principio, cuando Rodrigo supo que se casaría con Lucía, pensó que no harían buena pareja. Su madre y su hermana siempre habían sido mandonas y pesadas, y como Cecilia, la hija de los Esquivel, era tan extrovertida y se llevaba muy bien con ellas, le pareció que hubiera sido una mejor opción.
Pero ahora, Rodrigo empezaba a pensar distinto.
El único problema era que Lucía era demasiado tranquila y pacífica, y con esa personalidad era muy fácil que la pisotearan.
—¿De qué platicaste hoy con ella?
Ignacio se tensó de inmediato—. La señora me preguntó cuándo regresó usted al país.
Rodrigo recargó el brazo en la puerta del carro. Su voz sonó fría, casi como una advertencia—. ¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
Ignacio se animó a dar su opinión: —Señor Fuentes, si la señora se hubiera enterado por alguien más de que usted ya había regresado, ¿cree que se habría enojado?
La mirada de Rodrigo se mantuvo inexpresiva. En su cabeza no existía un registro de cómo lidiar con algo así—. ¿Tú qué opinas?
—Yo digo que sí.
Ignacio se atrevía a hablarle así porque trabajaba con él desde que se graduó. Sabía que, aunque todos le tuvieran terror al imponente y despiadado señor Fuentes, en el fondo era un hombre que se fijaba en los detalles, aunque casi nunca lo demostrara.

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