Gina nunca pensó que Macarena de verdad traería a una amiga.
Los amigos que Macarena frecuentaba antes eran puros niños ricos sin remedio, exactamente igual que ella.
Desde chiquitos, aparte de salir a comer y de compras, no servían para otra cosa en la vida.
Solo eran un montón de vagos que desperdiciaban oxígeno.
Y supuso que esta nueva amiga sería más de lo mismo.
Puras caras bonitas, pero con la cabeza totalmente hueca.
—Sí, ella es mi compañera de cuarto, Cecilia.
—Siempre creí que Maca era la chica más bonita de por aquí, no me imaginé que su compañera de cuarto la superaría. —Gina se tapó la boca mientras soltaba una risita.
Luego de decir eso, fingió inocencia:
—Ay, perdón, Maca. No lo digo por ti, es solo que...
Gina dejó la frase a medias a propósito, con una intención tan clara de crear discordia que daba pena ajena.
—¿Es solo qué? —Cecilia no pensaba dejarle pasar el comentario.
A ella le gustaba llegar hasta el fondo de las cosas.
Si Josefina solía meterse con ella antes y nunca logró salirse con la suya, ¿por qué habría de ser diferente con Gina?
—Señorita González, le voy a pedir que termine la frase. Me choca la gente que deja las cosas a medias solo para hacer que uno ande adivinando.
—No es como que le falte un pedazo de lengua, ¿o por qué no puede hablar claro?
Macarena jamás se imaginó que Cecilia tuviera palabras tan cortantes.
Era como si estuviera expresando exactamente todo lo que ella guardaba en el pecho.
Antes, no sabía ni cuántas veces Gina la había jodido usando ese mismo truquito pasivo-agresivo.
Ahora que la veía toda pasmada por la respuesta de Cecilia, tenía ganas de aplaudir y echarle porras.
Gina le había tirado pedradas a un sinfín de personas, pero jamás se había topado con alguien como Cecilia, que rompía por completo las reglas de cortesía hipócrita.
Se quedó sin saber qué contestar.
Además, ella claramente acababa de alabar a Cecilia para hacer de menos a Macarena.
¿Por qué la recién llegada no le seguía el juego ni agradecía el halago?
Gina no lo entendía; estaba demasiado acostumbrada a lidiar con amistades falsas.
Creía que todas las personas eran igual de superficiales.
—Lo siento, fue un error mío.
—Si hice enojar a la señorita Ortiz, con mucho gusto le ofrezco una disculpa.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana