¡Era imposible! ¡Jodidamente imposible de aprender!
La medicina de Mirasia no estaba hecha para simples mortales como ella.
¡Era brujería médica!
—Tengo entendido que tú también sabes de medicina tradicional, Cecilia. Me pregunto quién será mejor, si tú o Sabrina —soltó Charlotte.
Cecilia alzó una ceja.
Con razón. ¿Cómo iban a venir a disculparse de la nada? Lo que querían era amarrar navajas.
Sabiendo perfectamente que ella y Sabrina no se tragaban, la había incitado a venir.
Si Sabrina salía humillada, no culparía a Charlotte.
A fin de cuentas, la otra solo tenía «buenas intenciones».
Pero definitivamente le echaría la culpa a ella, que siempre terminaba llevándole la contraria.
—No hay punto de comparación, obvio Sabrina es mil veces mejor —respondió Cecilia con tranquilidad—.
—Yo estudio medicina convencional. Además, la familia de Sabrina es toda una institución médica. Seguro desde que estaba en la panza de su mamá le cantaban rimas de herbolaria.
Como Charlotte no era de Mirasia, por muy bien que hablara el idioma, había referencias que se le escapaban.
—¿Rimas de herbolaria? ¿Qué es eso?
No pudo evitar preguntar.
Cecilia no dijo ni pío, y le tocó a Sabrina explicarle:
—Son versos medicinales que agrupan las fórmulas. Son como rimas para que sea más fácil memorizarlas.
A Charlotte se le iluminó la cara:
—Ah, ya entiendo.
—¡Yo también quiero aprendérmelas! Si me las memorizo, recetar será pan comido, ¿no?
Charlotte lo veía demasiado fácil.
Sabrina iba a abrir la boca, pero Cecilia se le adelantó:
—Pero por supuesto. Si te sabes las rimas de memoria, todos tus problemas médicos se resuelven por arte de magia.
—Bueno, si no hay nada más, me paso a retirar. Tengo clases al rato.
Cecilia hizo el ademán de irse.
Estaba ocupadísima; no tenía tiempo para andar aguantando los jueguitos de la señorita Hernández.


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