—La verdad es que sí, o al menos mi papá y los demás eso creen —respondió Sabrina.
Sabrina jamás admitiría en voz alta la envidia que la corroía.
No conocía a Cecilia tan a fondo.
Pero se había encargado de investigarla.
Sabía que había sido impecable desde niña, la joya de la corona que la familia Ortiz se esmeró en pulir.
Lástima que en su último año de preparatoria descubrieron que ni siquiera era de su sangre.
Su propio hermano se presentó en su fiesta de mayoría de edad con la verdadera hija legítima, convirtiéndola en el hazmerreír de todo Villa Solana.
Desde ese día, la echaron para que regresara con su familia biológica, mientras la niña real recuperaba su lugar con los Ortiz.
En la universidad muchos se habían burlado de ella por eso, pero Cecilia nunca dejó que afectara sus calificaciones.
Eso dejaba claro que tenía una fuerza de voluntad de acero.
Alguien así, sumado a su inteligencia, iba a brillar estuviera en la cima o en el fondo del pozo.
Sabrina siempre había tenido la vida resuelta, así que, en teoría, no tendría por qué envidiar a alguien como Cecilia.
Pero, ¿por qué demonios le había robado el protagonismo?
Para colmo, se había ganado el respeto y los halagos de su abuelo, algo que Sabrina había buscado toda su vida sin éxito.
La envidia era como una mancha de tinta que poco a poco oscurecía su corazón.
Se sentía patética por pensar así, pero no lo podía evitar. Las emociones no se controlan solas.
—Yo creo que tú también eres increíble —dijo Charlotte, dándole su debida validación—.
—Cada quien tiene lo suyo. Tal vez los demás vean a Cecilia como la gran cosa, pero para mí, mi amiga Sabrina es mil veces superior.
Esas palabras fueron música para los oídos de Sabrina.
—Ay, Lottie, tú sí me entiendes.
Con ese pequeño discurso, su mal humor se disipó bastante.
Ya que Cecilia se la daba de intocable, Sabrina no iba a andar arrastrándose tras ella.
Mientras Cecilia no se metiera en sus asuntos, ella tampoco iría a buscarle pleito.
Charlotte le doró la píldora un rato más, logrando que Sabrina la viera como a su confidente.
Sus compañeras de cuarto ya le habían advertido que no confiara ciegamente en una extranjera, pero a Sabrina le entraba por un oído y le salía por el otro.



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