—¡Señor Sandoval!
Ambos guardaespaldas seguían rogándole que cambiara de opinión.
Pero Agustín hizo oídos sordos a sus súplicas.
—León, si yo... pídanle a Emilio que cuide mucho del abuelo.
Emilio casi nunca estaba en casa, pero si la familia Sandoval se quedaba sin herederos, no les daría la espalda.
—¡Cuídese mucho, señor! —Lino intentó protestar de nuevo, pero León lo detuvo en seco.
No podían perder más tiempo. Estaba claro que el corazón de su jefe latía al mismo ritmo que el de la señorita Ortiz; nada de lo que dijeran lo haría cambiar de opinión.
Lo más sensato era buscar una salida y rezar para que todos tuvieran una oportunidad de sobrevivir.
Lino, a regañadientes, fue prácticamente arrastrado por León hacia la salida.
—¡León, ¿por qué me detienes?! ¡El señor Sandoval podría haberse ido con nosotros!
Lino no lo entendía.
Habían crecido junto a él. Obviamente no querían que muriera en esa cueva.
León le dio un zape en la nuca a su compañero.
—¿Eres idiota? El jefe se va a quedar con la señorita Ortiz, jamás la dejaría sola.
—Podías quedarte llorando hasta mañana y no iba a servir de nada.
Lino no era ningún idiota, simplemente sentía que era una locura que ambos se sacrificaran.
León lo miró como si estuviera viendo a un cachorro confundido.
—Con razón sigues sin novia.
Lino se rascó la cabeza. *¿A qué venía ese ataque personal?*
*¡Como si tú no fueras otro solterón empedernido!*
Haroldo Juárez reunió al resto del equipo para la evacuación.
Se despidió de Agustín con profunda seriedad.
—Le confío la vida de la señorita Ortiz, señor Sandoval. ¡Por favor, resistan hasta que vuelva con los refuerzos!
Por dentro, Haroldo estaba destrozado. Detestaba la idea de sacrificar civiles inocentes, y Cecilia ni siquiera pertenecía a las fuerzas armadas.
No había necesidad de que ella muriera por culpa de ese maldito laboratorio clandestino.
Pero, como soldado de Mirasia, le resultaba imposible darle la espalda a la conspiración de Estrellonia teniéndola justo frente a sus ojos.
Cecilia, con una sonrisa de alivio, volteó hacia Agustín.
—La información que hay adentro debe ser crucial. ¿Deberíamos sacarla?
Aunque había evitado la explosión y abierto la bóveda, ¿quién garantizaba que no hubiera otra trampa mortal en el interior?
Tampoco sabían en qué estado se encontraban los archivos.
Agustín dirigió su mirada hacia el oficial al mando que Haroldo había dejado a cargo.
Él también estaba herido, pero aún podía mantenerse en pie.
—Nosotros entraremos primero. La señorita Ortiz y el señor Sandoval pueden alejarse un poco, incluso esperar fuera de la cueva si lo prefieren.
El objetivo de Haroldo al dejar a esos hombres no era solo proteger a la pareja.
No eran simples heridos incapaces de moverse que se quedarían sentados esperando el rescate.
Se habían quedado precisamente para asegurar el interior del laboratorio en cuanto la puerta se abriera.
—Entraremos juntos —dijo Cecilia, preocupada de que hubiera más sistemas que hackear en el interior. Mandar al frente a un grupo de hombres lastimados le dejaba un sabor amargo en la conciencia.
—En ese caso, les agradezco mucho su apoyo, señorita Ortiz y señor Sandoval.
El apellido de aquel oficial era Méndez, aunque todos en su unidad lo llamaban Galo.

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