—¿Y quién te menosprecia, dime?
Jaime estaba profundamente decepcionado de ella. Ya no le quedaba ni una gota de paciencia.
—Eres tú quien se falta al respeto a sí misma.
—¡La gente no te toma en serio porque no sabes cómo comportarte como una persona decente!
Helena se negaba a aceptar esas palabras y siguió gritando.
Tenía una lógica retorcida: ella podía pisotear a cualquiera, pero el mundo entero estaba obligado a besar el suelo que pisaba.
En su mente enferma, la culpa siempre la tenían los demás.
¡Ella era una víctima perfecta e inmaculada!
—¡No voy a discutir más contigo! ¡Mañana mismo pediré el divorcio! —sentenció Jaime.
Él siempre la había respaldado cuando se trataba de pequeñas riñas con los miembros principales de la familia.
Pero no iba a seguir tapando sus errores de forma incondicional.
Y mucho menos ahora, cuando no se trataba de una simple disputa por envidias, sino de un plan grotesco para vender a su propia hija con tal de complacer a los Gallegos.
¡Ese era el colmo!
Esa traición fue la gota que derramó el vaso y lo llevó a tomar la decisión definitiva.
Sin embargo, separarse no sería tan sencillo.
Helena, por supuesto, no estaba dispuesta a permitírselo.
—¡No me voy a divorciar! ¿Por qué habría de hacerlo?
—¡Eres un cobarde, Jaime Ortega!
—¡Eres un inútil! ¡Dejas que los demás te pasen por encima, nunca has hecho nada para superarte, y tu única forma de sentirte hombre es gritándole a tu esposa y pidiendo el divorcio!
—¡Yo no he hecho nada malo! ¡Y no te voy a firmar nada!
A Jaime se le hincharon las venas del cuello por la furia. Antes, Helena jamás se había atrevido a llamarlo fracasado.
Era verdad que no tenía la misma visión para los negocios que sus primos, pero de ninguna manera era un inútil.
Si lo fuera, el Grupo Ortega lo habría despedido sin miramientos hacía años.
—¡Fue un desastre! ¡Ese inútil de Jaime se negó en rotundo! —explotó Helena, llena de ira con tan solo recordarlo.
Iván Gallegos frunció el ceño.
—Si tu marido no estaba de acuerdo, debiste habérselo explicado con calma. Tienes que hacerle ver los beneficios de esta unión.
—El hombre es apuesto y proviene de una familia de élite. ¿Qué importa si ya estuvo casado? Es un detalle sin importancia.
—Para lograr grandes cosas, hay que ignorar las pequeñeces. Además, esta alianza abriría muchas puertas para tu hijo Davis.
A Iván se le daba muy bien adornar las cosas con palabras bonitas, pero Helena empezó a sentirse frustrada con su propia familia.
Si no le hubieran propuesto a un viejo divorciado como candidato, los Ortega no se habrían indignado de esa manera.
—¡Papá, no entiendes! ¡Jaime jamás me escuchará en este tema! ¡Me acusó de querer vender a mi propia hija!
—Y el resto de los Ortega ya se enteró. Nadie está de acuerdo.
En realidad, Helena pensaba que todo era culpa de Xandro. Si él no hubiera estado tan desesperado por usar esa boda para salvar los negocios de su propio hijo, y hubiera presentado al candidato como una simple sugerencia, tal vez los Ortega no habrían reaccionado con tanta furia.
—¿Y qué importa si el resto se enteró? Tú eres su madre y solo querías organizar una cita. ¿Qué derecho tienen ellos a meterse en las decisiones de tu familia? —replicó su padre.

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