Su ira no se debía solo a que Helena hubiera intentado vender a su hija; también le dolía la humillación pública que le había hecho pasar al ignorar por completo su dignidad frente a toda la familia.
Y, para colmo, la mujer había dejado entrever su desprecio hacia él, insinuando que no valía ni la mitad que sus dos primos.
—¿Acaso crees que uno de mis primos se habría rebajado a casarse contigo? —le gritó Jaime.
—¡Helena, no me digas que te crees superior a mis cuñadas!
El rostro de Helena palideció por un segundo, antes de que la rabia se apoderara de ella.
—¿Y qué si lo creo? Si piensas que son mejores que yo, ¡entonces haberte casado con una de ellas!
—¡Jaime, si terminamos casados, es porque estábamos destinados a estar juntos!
Jaime soltó una carcajada amarga y llena de desprecio.
—Por favor. Si no hubieras usado esos trucos sucios, jamás habrías tenido la oportunidad de poner un pie en mi casa.
—Yo soy un Ortega, después de todo. ¿Y tú qué eres? ¡No eres nadie!
Helena se rio, pero su risa tenía un toque desquiciado.
—Puede que no sea nadie, pero al final logré casarme contigo.
—Y si usé trucos, ¿acaso no fuiste tú el idiota que cayó en ellos?
—¡Te di dos hijos brillantes y hermosos! ¿Te parece poco?
Helena creía firmemente que, por el simple hecho de haberle dado un hijo y una hija, ella era la heroína de la familia y tenía derecho a hacer lo que quisiera.
Era el cuento que los Gallegos le habían metido en la cabeza desde que se casó.
Se sentía superior. Pensaba que solo estaba un poco por debajo de la cuñada mayor, que había tenido gemelos varones. Pero se consideraba mucho mejor que la segunda cuñada, que apenas había tenido un hijo.
—Aurora y Davis son chicos excepcionales, pero el día de mañana vivirán atormentados por la vergüenza de tenerte como madre.
—¡Piénsalo! ¿Cómo crees que va a poder dar la cara Aurora después de que tú intentaras venderla como si fuera mercancía?
—¡Y tuviste el descaro de anunciarlo frente a toda la familia! ¿Acaso querías asegurarte de que todo el mundo supiera la clase de monstruo que eres?
Si ese escándalo se filtraba, ninguna familia con un mínimo de dignidad permitiría que sus hijos se casaran con Aurora.
—¡No necesito que me digas qué clase de madre soy!
—¡Todo lo que hago, lo hago por su bien!

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