La señora que ocupaba ese puesto antes había sido despedida por la lluvia de quejas de los estudiantes. Ahora que había llegado la famosa Camelia, que era mucho mejor que el resto del personal, las demás trabajadoras temían que las compararan, las empezaran a odiar y las despidieran también.
Olivia llevaba apenas medio año trabajando ahí y no quería perder su empleo, sería una vergüenza total. Aunque había conseguido el puesto gracias a una recomendación, sabía que un favor no le duraría toda la vida; tenía que demostrar que servía para el trabajo.
Amelia no esperaba que las cocineras de la universidad tuvieran tanto espíritu de superación.
—Ay, señora Olivia, es que antes trabajaba en las cocinas del cuartel militar. Ahí tenía que servirle la comida a los soldados y luego darles de comer a los cerdos. Así es como uno agarra el ritmo. Primero afinas el ojo y luego la coordinación de las manos...
Amelia se inventó toda una clase magistral con una seriedad impecable.
—¡No me digas! ¿Estuviste en el ejército, Camelia? —se sorprendió Olivia.
—Así es, me alisté a los dieciocho. Yo pensaba que iba a ser una soldado súper ruda, y terminé en el área de cocina —Amelia forzó una sonrisa amarga, demostrando sus dotes actorales.
Olivia se tragó el cuento entero.
—Con razón eres tan rápida y precisa. Muchacha, tienes mucho futuro. Sigue echándole ganas y seguro en unos meses te ascienden. ¡Pero cuando seas la jefa no te olvides de tu amiga Olivia!
Amelia se quedó sin palabras.
—Claro que no me olvidaré de usted, doña Olivia... Si es que me ascienden, claro.
*¿Ascenderme a qué? ¿A supervisora de cucharones?*, pensó Amelia. Ella no iba a quedarse ahí toda la vida.
—Estos idiotas son como cucarachas —murmuró Amelia con expresión seria. Jamás subestimaba a su enemigo.
Por eso, durante esos días, apenas terminaba su turno, se dedicaba a patrullar las canchas, los edificios de aulas y los dormitorios.
—Amelia, nuestros muchachos los tienen vigilados, pero no sabemos qué pueda pasar si atacan a la señorita Cecilia por sorpresa. Al final, todo depende de ti —le dijo uno de sus compañeros por el comunicador. Todos sabían que ella era la última línea de defensa.
—Tranquilos. Mientras yo esté a su lado, nadie la toca.
A menos que a Cecilia se la llevaran de su propia habitación o en plena clase, atraparla sería imposible con Amelia cerca.
Esa tarde, Vanesa logró infiltrarse en el campus. Se deshizo de su ropa oscura y se vistió como una estudiante universitaria promedio, dándose un aire dulce e inocente. No tardó ni cinco minutos en enganchar a uno de los compañeros de clase de Cecilia. Se hizo la amiga interesada y acompañó al chico a su última clase del día.

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