—¿Y ahora qué hacemos? ¿Dónde diablos conseguimos esa planta? —Cristhian estaba pálido.
Los médicos a su alrededor ni siquiera habían oído hablar de la hierba.
—Si lo que dice esta señorita es cierto y esa raíz es el antídoto... el tiempo corre en nuestra contra. ¿Qué pasará si no la encontramos a tiempo?
El médico prefería analizar la toxina en el laboratorio y buscar una cura mediante la medicina convencional.
El problema era que ni siquiera habían detectado que estuvieran envenenados.
Era difícil creer en un diagnóstico que no se veía en los análisis.
El nombre de la planta sonaba a cuento de fantasía.
Aunque el médico no lo dijo en voz alta, era evidente que no confiaba mucho en Cecilia.
—Mi recomendación es que llevemos a estos hombres con nosotros y montemos un campamento cerca de la montaña para buscar la hierba.
La sugerencia de Cecilia no era imprudente; era la única opción viable.
Si ella iba sola a buscar la planta, no estaba segura de si tendría tiempo suficiente para ir y volver.
Pero si los llevaban con ellos, podría seguir aplicándoles acupuntura en el camino para frenar el avance de la toxina en su sistema nervioso.
—Entrar a la montaña no garantiza el éxito. Pueden ir pensando en alternativas, pero creo que la decisión debe tomarse hoy mismo.
Cecilia no obligó a nadie a creerle.
Ella ya había planteado su solución; la decisión final quedaba en manos de Cristhian.
—También pueden consultar a otros expertos en medicina natural para confirmar el tratamiento contra la toxina.
—Quizás allá afuera haya algún experto que sepa cómo preparar el antídoto directamente.
Al ver las dudas de Cristhian, Cecilia le ofreció un consejo muy objetivo.
—De acuerdo.
Cristhian realmente movió cielo y tierra para contactar a varios médicos veteranos.
Incluso llamó al abuelo Teodoro Hernández, quien confirmó la información.
—¿Acaso esa planta no se había extinguido?
El gobierno también catalogó la misión como prioridad máxima.
—Don Teodoro, aquí también tenemos a alguien muy capaz: la señorita Cecilia Ortiz, ella fue quien identificó la toxina.
El anciano ya iba a preguntar quién había sido el genio detrás del hallazgo, pero al escuchar el nombre de Cecilia, no le sorprendió en absoluto.
—Ah, es mi niña Ceci. Entonces pueden ir con ella, aunque de todas formas enviaré a mi nieto como apoyo.
Teodoro no tenía malas intenciones, de verdad que no.
Simplemente suspiraba pensando que el muchacho de los Sandoval se le había adelantado.
Si no, esta habría sido la oportunidad perfecta para que Cecilia e Isaac se enamoraran.
—Pueden confiar plenamente en el talento de Ceci. Es alumna de Rodrigo Serrano, un hombre con linaje de médicos imperiales. Su conocimiento viene de generaciones pasadas.
El abuelo Teodoro no escatimó en elogios para Cecilia, logrando que Cristhian la viera con mucho más respeto.
Su nivel de conocimiento médico ya estaba en otra liga.
Para que alguien del calibre de Teodoro la respetara tanto, sin duda sería una de las figuras más importantes de la herbolaria en el futuro.

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